Antifrágil

Autor: Alberto Ortiz//


Nassim Taleb, financiero estadounidense de origen libanés, empirista escéptico y heredero de Hume, Montaigne y los estoicos, parió un libro hace no muchos años, Antifragile, un ensayo mal escrito pero que alberga un manojo de ideas audaces. Tal vez al lector le suene vagamente un trabajo previo del mismo autor, The Black Swan: The Impact of the Highly Improbable. La tesis principal de ambos libros es simple: el viento apaga la vela pero aviva el fuego. Dicho de otra forma, la receta fundamental para el buen vivir prescribe no sólo tolerar sino desear el azote de los vientos del azar; convertir, en puridad, nuestra antifragilidad –neologismo tan necesario en inglés como en castellano– en una ventaja competitiva que nos catapulte. Lo resume con precisión un muy devoto seguidor de Taleb llamado José Mota en su última canción: “Si me atraca un delincuente aprovecho y me hago un selfie junto a él. Si me roba el teléfono evito que me llamen de Jazztel”. Lo frágil se rompe con los golpes, lo sólido únicamente los resiste pero lo antifrágil, por el contrario, crece a golpes de martillo. ¿Frágil? Wall Street, el sistema bancario, la universidad, la burocracia, las hipotecas, los subsidios, lo público, la ley. ¿Antifrágil? Silicon Valley, los autónomos, los emprendedores, el alquiler, las exenciones, lo privado, la costumbre, la virtud, la ejemplaridad.

Según Taleb, para entender el progreso es preciso familiarizarse con las cada vez más frecuentes apariciones de cisnes negros, a saber, acontecimientos “raros”, aleatorios, que juegan un papel crucial en la Historia. En cualquier caso, no debe cundir el pánico porque por suerte el ser humano viene configurado de fábrica para asumir riesgos imprevisibles e inmensurables; la incertidumbre constituye, de hecho, el ecosistema natural del género humano. Sin embargo, como consecuencia de una soberbia intelectual de siglos, los hombres han hecho de la seguridad (risk aversion) su única aspiración y de la causalidad el objeto de casi todas sus investigaciones científicas. Así como la serpiente se tiende junto al cadáver de la presa para testar si le cabe dentro antes de engullirla, el hombre desecha todo lo que no le cabe en la cabeza, y construye, de esta forma, una realidad espuria en la que sólo existe aquello que acierta a comprender.

Afortunadamente, cada vez se alzan más voces que interpelan a los racionalistas fiados a las previsiones basadas en simples datos históricos: el pavo también derrochaba optimismo antes de Acción de Gracias. Hemos dejado que se nos entumezca la vibración, se nos gangrene el entusiasmo y se nos atrofie la ingenuidad en el empeño inútil de intentar explicarlo todo. Bendita crisis que nos ha devuelto con violencia a nuestra verdadera patria. El cosmos se ha desordenado de repente y mientras la mayoría trata de desentrañar las causas, la alternativa sensata pasa por reconciliarse con la imperfección y aprender a rentabilizar el desorden. Afirmaba Orson Wells en El tercer hombre que durante treinta años de agitación bajo el imperio de los Borgia, Italia había dado al mundo colosos de la talla de Da Vinci y Miguel Ángel, mientras que Suiza durante quinientos prósperos años de paz lo único que había producido era el reloj de cuco. Agárrense que vienen curvas y la fortuna favorece a los audaces.