RESEÑA 137 - ARTE REVOLUCIONTítulo: Arte y Revolución

Autor: Richard Wagner

Editorial: Casimiro Libros


Richard Wagner es, sin duda, una de las figuras más curiosas de la música y la filosofía alemana. Conocido compositor y autor de óperas tan destacadas como Tristán e Isolda, El holandés errante, Parsifal o la tetralogía El anillo del Nibelungo, es tal vez mucho menos conocido su papel desarrollado como filósofo, ensayista y teórico estético.

Las influencias de Wagner han sido inmensas: el también compositor alemán Gustav Mahler afirmó que «sólo hubo Beethoven y Richard [Wagner]: y después de ellos, nadie», mientras que literatos como Mallarmé, Verlaine o Baudelaire eran grandes admiradores de Wagner. Éste último, Charles Baudelaire, en una carta a Wagner fechada de 17 de febrero de 1860, le reconocía así su profunda admiración: «Ante todo, quiero decirle que le debo el mayor gozo musical que jamás haya experimentado». El impacto de Wagner llega incluso hasta el campo de la filosofía. Friedrich Nietzsche dedicó su primera gran obra, El nacimiento de la tragedia en el espíritu de la música al compositor, del cual luego se distanció debido tanto a motivos artístico-políticos como sentimentales.

No obstante, también existían entre los admiradores de Wagner figuras no tan nobles y notables. Me refiero, por supuesto, a uno de los mayores segadores de vidas humanas que ha conocido nuestra historia, el dirigente alemán Adolf Hitler. Uno de los mayores «regalos envenenados» que la historia ha dejado a la memoria de Richard Wagner es la siguiente mención presente en la obra de Hitler (Mein Kampf): «para entender al nazismo hay que conocer primero a Wagner». Sea como fuere, para bien o para mal, Wagner se ha convertido en una figura indispensable para entender, por lo menos, tres cosas: la ópera, el pensamiento alemán en el siglo XIX y la historia contemporánea de Alemania (y de Europa).

RETRATO WAGNERPor todas estas razones resulta de interés la lectura del libro «Arte y revolución» que la editorial Casimiro Libros ha publicado en nuestro país en el año 2013. Este breve librito (que no llega a las 80 páginas) es un excelente modo de empezar a introducirnos en el pensamiento político y artístico (y, en cierta forma, también metafísico) de Richard Wagner. En realidad, lo que el libro hace es reproducir tres textos diferentes redactados por Wagner en 1849: «La revolución», «Arte y revolución» y «El principio del comunismo (apuntes sobre el arte del futuro)». De los tres, sin duda el segundo es el que tiene una mayor extensión y desarrollo, siendo por lo tanto el más importante y el que da título global al libro.

Es necesario fijarse en los temas tratados y en el año en que son escritos. En 1849 Richard Wagner se encuentra exiliado en París, desde donde da forma a estos pensamientos. El compositor alemán había huido en busca de refugio, ya que en el mes de mayo de ese mismo año había dado su apoyo al Alzamiento que de forma fracasada tuvo lugar en la ciudad alemana de Dresde. Inspirados por las ideas revolucionarias, anarquistas y democráticas, los ciudadanos de Dresde se habían levantado en armas contra las pretensiones de Federico Augusto II de Sajonia de instaurar el absolutismo. Dresde era una ciudad abierta y liberal, en la que las ideas progresistas tenían una gran acogida. El apoyo de Wagner a los revolucionarios (hacia quienes durante el último año había manifestado sus simpatías) era especialmente significativo, ya que el compositor era el director oficial de la corte real sajona. Este fenómeno tuvo consecuencias especialmente dramáticas para Wagner que, debido a su carácter de personalidad visible, tuvo que huir sufriendo grandes penalidades y debió renunciar durante un tiempo a que su gran vocación (la composición y representación de óperas) fuese temporalmente suspendida. Hecho que le llevó, además, a pasar importantes penurias económicas y a exaltar más su espíritu revolucionario. Así, en una carta enviada durante el mes de junio a su amigo (y futuro suegro), el también compositor Franz Liszt, afirma lo siguiente: «No tengo dinero, pero lo que sí tengo es un enorme deseo de cometer actos de terrorismo artístico».

Ser conscientes de ese contexto, así de como las circunstancias vitales y profesionales que estaba atravesando Richard Wagner mientras escribía estas páginas, nos ayuda sin duda a comprender la lógica que atraviesa todo el libro. Sus dos temas centrales guardan también relación con el título: los procesos revolucionarios y la recuperación del auténtico arte.

OPERA WAGNERPara Wagner la culminación del arte se encuentra en la tragedia griega. Y más que en ningún otro de los grandes trágicos de Grecia, en las obras de Esquilo. En ellas la fusión de las diferentes «artes» es casi total y el drama de la acción ha alcanzado su punto más glorioso. Tras ello, según el alemán, el arte no deja de degenerar. A la separación de las diferentes artes (la literatura, la música, la danza, la pintura, la escultura, etc), cada una en un camino diferente, les sigue su progresiva transformación en oficios, lo que lleva inmediatamente a una mercantilización que no supone sino la negación misma del arte. Wagner acuña aquí dos términos diferentes y opone «arte» a «artesanía», señala que en su tiempo el genuino «arte» ha muerto y ha sido sustituido por la «artesanía» y propone la revolución como recuperación del verdadero «arte». O, para ser más exactos, como nuevo nacimiento, porque no es posible ya una genuina recuperación del arte y la tragedia griega, sino solamente un nuevo alumbramiento (de hecho, Wagner es muy crítico con el espíritu del Renacimiento, al que acusa de no haber sido capaz de mantener verdaderamente vivo el espíritu de la tragedia griega).

Para Wagner mediante la revolución y el renacer del auténtico arte (el drama), el ser humano será capaz de elevarse glorioso y vitalista, convertido en un ser gozoso, coherente con la inexorabilidad de las leyes de su propia naturaleza, lo que posibilita una reconciliación final entre los dos grandes impulsos del «comunismo» y el «egoísmo». Esa elevación no significará, sin embargo, como se suele afirmar en términos hegelianos, una situación propia del fin de la historia sino una regeneración de la misma en que el ser humano alcanzará su lugar preponderante.

Hay un hecho muy llamativo en el planteamiento de Wagner. El compositor alemán acusa (como también hará después Nietzsche) al cristianismo de ser fuente de los males que atraviesa el hombre. Para Wagner el cristianismo representa la negación del arte y la incapacidad de muchos hombres para reconciliarse con su naturaleza vitalista. Mediante la culpa, la negación del cuerpo y de la vida, los cristianos han sido absolutamente incapaces de producir un arte que exige al hombre reconciliarse con su naturaleza instintiva y con su potencia de afirmación. Contrasta esa posición ferozmente anticristiana de Wagner con las buenas consideraciones y profunda admiración que muestra el compositor hacia la figura de Jesús cada vez que tiene ocasión de mencionarle en el texto. Jesús constituye, junto a Apolo, tal vez la gran referencia «mitológica» (en un sentido amplio) para la renovación de los hombres. Así puede verse, por ejemplo, en el siguiente pasaje del segundo de los textos recogidos en el libro (Arte y revolución):

TRISTAN  E ISOLDA«Así Jesús nos habría mostrado que nosotros, los hombres, somos todos iguales y hermanos; Apolo habría dado a esta gran fraternidad el sello de la fuerza y la belleza, y habría sacado al hombre de la duda sobre su propio valor para llevarlo hacia la conciencia de su poder divino. Levantemos por tanto el altar del futuro, tanto en la vida como en el arte vivo, en honor de los dos adalides más sublimes que ha tenido la humanidad: Jesús, que sufrió por los hombres, y Apolo, que los elevó a la dignidad gozosa y confiada.»

Una de las cuestiones quizás más «actuales» del libro sea la que tiene que ver con la mercantilización del arte. Para Wagner, la producción de «arte» se ha convertido en un negocio, ha devenido «artesanía», fenómeno duramente criticado por el compositor alemán, para quien ningún negociado puede tener la verdadera esencia del arte. Reclama por lo tanto que el estado o la comunidad (preferiblemente ésta última) adquieran un mayor compromiso con el arte como empresa del espíritu colectivo, para que la producción artística pueda ser desarrollada libremente al margen de los condicionamientos y limitaciones propias de la rentabilidad económica. Puesto que el arte corresponde, según Wagner, no tanto al individuo que no crea nada sino al pueblo en su conjunto que es quien verdaderamente crea (aunque luego el poeta dote de forma consciente a la creación inconsciente del espíritu popular), es lógico y razonable que sea la comunidad en su conjunto quien cargue con los costes de la vida del artista, del poeta, que al fin y al cabo no es sino una genial figura que interpreta y dota de forma el sentir artístico de la colectividad. Tras esta reflexión de naturaleza colectivista (y casi organicista) tenemos, no obstante, uno de los alegatos más estimulantes (se comparta o no su razonamiento) a favor de la subvención y mantenimiento con cargo al erario público de la genuina creación artística (que para Wagner tiene lugar, sobre todo, en el teatro), y en unos textos de los que nos separan ya más de 150 años pero que sin embargo son de una sorprendente actualidad.

Es fácil diferenciar la naturaleza de los dos primeros textos recogidos en el libro con respecto al tercero, así en su prosa como en su contenido. Mientras que aquéllos tienen una prosa ágil e imponente y un espíritu de exhortación y de loa frente a la revolución social y artística, el tercero tiene un tratamiento mucho más sosegado en las formas, confuso en el contenido y redacción, prácticamente de naturaleza y sentido esquemático. Esto se debe probablemente a que «El principio del comunismo (Apuntes sobre el arte del futuro)” son unos apuntes para la transición entre los dos primeros textos y otras obras del autor. Pienso fundamentalmente en sus tres obras de mayor impacto en el campo del ensayo: «El arte del futuro», «El judaísmo en la música» y «Ópera y drama».

Por todos estos motivos, además de por la brevedad del libro, la lectura de este «Arte y revolución» es un estupendo modo de introducirse en el pensamiento de una de las figuras más imponentes del arte, la música y la filosofía alemana del siglo XIX. Todo un clásico de lectura casi obligatoria, con el que se puede estar de acuerdo o no pero que no deja indiferente cuando uno arrastra lentamente la mirada por sus páginas y procesa la información en ellas contenida.

*Publicado por Casimiro Libros.

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