G - RESEÑA 139 - SENTIDO UNICOTítulo: Calle de sentido único

Autor: Walter Benjamin

Editorial: Akal, enero 2015


La figura de Walter Benjamin es, sin duda, una de las más inspiradoras y agradables de la filosofía europea en el siglo XX. Su obra, ciertamente extensa, aglutina elementos propios del idealismo, el romanticismo, el marxismo (aunque él no era en propiedad un seguidor de Marx) y de la filosofía judía. Descrito en ocasiones como el gran filósofo de lo cotidiano, Walter Benjamin nos es, además, cercano a los españoles por dos motivos: el primero, porque tras su exilio de Alemania por culpa de la llegada al poder del nazismo acabó desembarcando en la isla de Ibiza, en la que pasó una temporada en condiciones no precisamente agradables y parecidas a las de los turistas actuales que visitan la isla; el segundo, porque Walter Benjamin acabó falleciendo en nuestras fronteras, concretamente en Portbou, municipio de la provincia de Gerona colindante con la frontera francesa. El episodio de su fallecimiento es verdaderamente tenebroso. Detenido al cruzar la frontera entre Francia y España por haberse visto cancelado por el gobierno franquista su permiso para circular camino de Portugal donde se embarcaría hacia América, y para evitar ser entregado a la Gestapo que le llevaría a un campo de concentración, la noche entre el 26 y 27 de Septiembre de 1940, Walter Benjamin ingería un veneno (una dosis mortal de morfina) que le arrebataba su propia vida.

El libro que comentamos aquí «Calle de sentido único» es un breve (del orden de 90 páginas) recopilatorio de aforismos y pequeñas reflexiones, concebidos y escritos entre los años 1923 y 1926 y que fueron recopilados en este libro que fue publicado originalmente en alemán en el año 1928. A través de una suerte de retazos, Benjamin dibuja en este libro algunos elementos de gran interés que permiten acercarse de forma ágil a una de las mentes más lúcidas a fuer de su gran potencial imaginativo.

walter benjaminDecíamos que Walter Benjamin puede ser descrito como el gran filósofo de lo cotidiano, y precisamente este breve texto, casi mejor que ninguna otra de sus obras, nos acerca de forma magistral a ese modo, verdaderamente único, de pensar lo mundano. Utilizando como excusa algunos objetos (sellos, juguetes, guantes, bisuterías, antigüedades, artículos de escritura, relojes o elementos de embalaje, entre otros) así como paseos, paisajes, monumentos o ciudades, Walter Benjamin trasciende de forma magistral los elementos más cotidianos para presentarnos todo un instrumental reflexivo y creativo de un carácter desgarrador. Desgarrador porque dibuja a la perfección todo el drama al que conducirá el siglo XX, pero desgarrador también porque pese a toda esa tragedia concentrada vemos en las páginas de Benjamin un cierto elemento de optimismo: la convicción y la imaginación de que un mundo mejor es, sin duda, posible.

La extensión de los fragmentos es variable, desde la única frase en el caso más corto (Lámpara de arco que simplemente dice «A una persona únicamente la conoce quien la ama sin esperanza») hasta las 8 o 9 páginas que ocupan los dos o tres textos de mayor extensión. De este modo, y aunque en ocasiones es preciso leer varias veces un fragmento para captar su contenido completamente, lo cierto es que la lectura del texto se permite ser bastante ágil y en cierta manera distendida y cómoda, carente por completo de las largas y complicadas argumentaciones que suelen ser propias de la mayoría de textos de filosofía a los que la gente pueda estar habitualmente acostumbrada.

Aunque Walter Benjamin era una figura no especialmente dada a la polémica y el enfrentamiento, de naturaleza serena y de escritos alejados de los debates de su tiempo, no cabe la menor duda que estamos ante un texto de un profundo contenido político. Ya no solamente porque haya algunas referencias a la situación política de Alemania y del mundo en aquel entonces, sino porque a pesar de estar alejado de los partidismos maniqueos, que a lo largo de las páginas denuncia en varias ocasiones, mantiene un profundo compromiso con la sociedad de su tiempo, incluso aunque años después esa sociedad le diese por completo la espalda en sus momentos de mayor necesidad.

Esta profunda convicción política es muy clara, por ejemplo, en uno de sus textos más largos recogidos en este libro y titulado Panorama imperial, en el que Walter Benjamin aborda cuestiones como las relaciones humanas, la miseria, la codicia, las ideas de progreso y decadencia, la estrecha alianza entre el poder político y el poder económico o una encendida defensa de la libertad de migración (de la que llega a decir que, pese a los inconmensurables avances técnicos, las poblaciones de su tiempo cuentan con menores posibilidades de verdadero desplazamiento que los habitantes de los feudos durante la Edad Media). Walter Benjamin muestra así una situación que podía estar pensada para la Alemania de entreguerras, pero que no deja de tener un cierto paralelismo con nuestro tiempo en la sociedad de consumo y la crisis económica, política y moral de nuestro tiempo:

«A las cosas fabricadas las ha abandonado por completo una indiferencia hacia las esferas de la riqueza y la pobreza. Cada una marca con su sello al propietario, el cual no tiene más elección que aparecer como un pobre diablo o como un chanchullero. Pues mientras que incluso el verdadero lujo es de tal índole que el espíritu y la sociabilidad consiguen penetrarlo y relegarlo al olvido, los artículos de lujo que aquí se difunden exhiben una pesadez tan impúdica que toda irradiación espiritual se quiebra contra ella.»

NIÑOS JUGANDOPero no solamente Benjamin tiene una profunda lucidez a la hora de tratar los fenómenos sociales y políticos, sino que su talento es igualmente magistral cuando se acerca, por ejemplo, a los oficios relacionados con el mundo de la escritura: desde el autor hasta el editor, pasando por el crítico literario y artístico. En uno de sus aforismos, el autor aborda por ejemplo la tirantez que existe entre un escritor y su editor, sobre como cada uno de ellos sigue diferentes ritmos e inquietudes.

Pero, sin lugar a dudas, sus mayores críticas en el mundo de la autoría, la creación y el arte son las que dedica a los críticos. Es en las palabras a ellos dedicadas donde mejor se ve además otro de los elementos de la redacción de Benjamin. Si cuando aborda el drama político de su tiempo el tono de Benjamin es más bien solemne, cuando trata de los críticos literarios (o, incluso, de los autores de voluminosos tratados) Benjamin despliega todo un arsenal de comentarios irónicos y llenos de auténtica acidez. Fijaos, si no, en los siguientes fragmentos que recogemos aquí, sacado de su comentario sobre la técnica del crítico en trece tesis:

«VII. Para el crítico sus colegas son la instancia superior. No el público. Menos aún la posteridad.

  1. La polémica consiste en destruir un libro con unas pocas de sus frases. Cuanto menos se lo estudie, tanto mejor. Solo quien puede destruir puede criticar.
  2. La auténtica polémica aborda un libro con tanto amor como un caníbal se prepara un lactante.
  3. El entusiasmo artístico es ajeno al crítico. En sus manos, la obra de arte es el arma blanca en la lucha de los espíritus.

XII. El arte del crítico in nuce: acuñar eslóganes sin traicionar las ideas. Los eslóganes de una crítica insuficiente malvenden el pensamiento en aras de la moda.

XIII. El público debe verse constantemente desmentido y, no obstante, sentirse siempre representado por el crítico.»

Pero ni siquiera la conjunción de la política y el arte, con lo fundamentales que son esos dos elementos ya solos de por sí, aglutina la totalidad de las reflexiones de Benjamin. Temas como la sexualidad, la familia, el paisaje urbano, la amistad y el amor o los recuerdos son otros elementos que tienen lugar en este libro. Del resto de temas tratados en el libro, me interesa destacar sobre todo dos: la infancia y la animalidad del hombre.

Es indudable la especial admiración que demuestra Walter Benjamin por los niños. Insertos en su propio mundo de alegría, juegos e imaginación, la infancia representa uno de los principales motores de ilusión para Benjamin. En el momento en que estos pensamientos son redactados, hace unos años (concretamente en 1918) que el autor había sido padre. En el siguiente pasaje puede verse el reconocimiento que Benjamin profesa a la capacidad de imaginación y creación de los niños:

sello aleman«De hecho, los niños son particularmente propensos a frecuentar cualquier lugar en que se trabaje visiblemente con cosas. Se sienten irresistiblemente atraídos por los desechos generados por la construcción, la jardinería o el trabajo doméstico, la costura o la carpintería. En los productos de desecho reconocen el rostro que el mundo de las cosas les vuelve precisamente a ellos, a ellos solos. En ellos no tanto reproducen las obras de los adultos como, mediante lo que con ellos confeccionan en el juego, ponen unos junto a otros, en una nueva, veleidosa relación, materiales de muy diversa índole. Los niños mismos se forman con ello su mundo de cosas, uno pequeño dentro del grande. Las normas de este pequeño mundo de cosas deberían tenerse en cuenta si se quiere crear a propósito para los niños y no se prefiere dejar que sea la propia actividad, con todo lo que en ella es accesorio e instrumento, la que enuentre sola el camino hacia ellos.»

Pero no solamente la infancia es un elemento fundamental de Benjamin, y el niño que hay en el hombre algo que parece perdido y se debería encauzar. También la animalidad del humano ocupa un lugar importante en la reflexión. A este tema dedica el autor su aforismo titulado Guantes, que reproducimos a continuación en su integridad:

«En la aversión a los animales la sensación dominante es el temor a que nos reconozcan al tocarlos. Lo que asusta profundamente en el hombre es la oscura consciencia de que en él vive algo tan poco ajeno al animal inspirador de la aversión que este puede reconocerlo. Toda aversión es en origen aversión al contacto. Incluso cuando uno se sobrepone a este sentimiento, solo es mediante gestos bruscos, desmesurados: el objeto de aversión es violentamente estrujado, devorado, mientras que la zona del más tenue contacto epidérmico resulta tabú. Solo así cabe satisfacer la paradoja de la exigencia moral que requiere del hombre simultáneamente la superación y el más sutil cultivo del sentimiento de aversión. No puede negar su parentesco bestial con la criatura a cuyo reclamo responde su aversión: ha de dominarla.»

No cabe duda de que cuando nos encontramos ante la obra de Walter Benjamin, abordamos el pensamiento de uno de los filósofos más originales que han conocido Alemania y el mundo durante ese, en tantas cosas nefasto, siglo XX.

*Publicado por la editorial Akal, enero 2015.

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