Título: Crónicas de viaje

Autor: Julio Camba

Editorial: Fórcola Ediciones, 2014


A ojos de cualquier aficionado, la afanosa labor de recuperación del legado de Julio Camba podría traslucir una confabulación editorial con la finalidad de ofrecerles a los articulistas jóvenes un urgente manual de estilo. Aunque solo fuera por eso, valdría la pena hacerse con esta antología de crónicas de viajes, puesto que el solitario del Palace ha servido sabia e ininterrumpidamente como modelo de los mejores columnistas de los últimos setenta años. Nada nuevo bajo el sol, por tanto, en esta noble reivindicación de Fórcola y del editor Francisco Fuster, sapientísimo divulgador de la obra cambiana.

No encuentro razones veladas que justifiquen la eternidad de los escritos de Camba más allá de una incontestable originalidad que aún hoy pasma al lector. Sin embargo, no innovo lo más mínimo al afirmar que Julio Camba inventó la columna de opinión sin pretenderlo; nada más lejano a su intención que pretender dejar huella en la historia de la literatura. Preguntado por las ambiciones de su amigo, Josep Pla sostuvo en una ocasión que no había conocido a ningún escritor tan antiliterario como él. Camba jamás coronó a la vocación como motor de sus letras, sino que más bien adjudicó al dinero dicha misión. Llevaba a gala su condición de vago solemne y encontró en los artículos una manera fácil de procurarse emolumentos suficientes para costear sus viajes y una celestial ociosidad. Estas crónicas de viajes que nos ocupan reflejan con claridad meridiana dicho cinismo, mas aun cínico, el corresponsal jamás dejó traslucir un ápice de amargura pues supo combinar ese estar de vuelta tan suyo con una alegría de vivir netamente carpetovetónica. Y es que Camba, a pesar de haberse vacunado contra todas las utopías y abjurar de cualquier dogma o bandera, encontró motivos para disfrutar de la vida a manos llenas.

Sucede que el de Villanueva de Arosa, entendiendo en su juventud anarquista que el principal mandamiento del escritor es hacerse inteligible, huye del barroquismo y dibuja artesanalmente unas crónicas que cualquiera se creería en condiciones de escribir. Julio Camba fascina porque da a luz un método fácilmente imitable: empieza con una paradoja ocurrente, continúa por derroteros surrealistas y toma tierra casi sin que se note para propinar un bofetón sordo a algo o alguien que no le agrada. Resta dramatismo a todo porque para un aristócrata del espíritu como él la afectación y el elitismo impostado dan risa.

En sus corresponsalías de Estambul, París, Londres, Ginebra o Nueva York, Julio Camba ajusta cuentas con el sentido común para que el lector español se sacuda sus bastardos prejuicios internacionalistas. Lo consigue gracias a su particular manera de viajar y de contar, no como el turista cateto que recorre apresuradamente un circuito preestablecido, sino como su envidiado hombre sándwich u hombre anuncio, que pasea sin orden ni concierto por los parajes más costumbristas de cada plaza y se difumina en ellos como un personaje más. Pero son quizás las crónicas matritenses, cuidadosamente filtradas e incluidas también en este volumen, las que han dado más prestigio a la columna cambiana. Camba se esmeró en palpar como nadie la fisionomía de Madrid.

Mucho de bueno hay en este libro aparte de la sola escritura: un breve pero brillante prólogo de Antonio Muñoz Molina, una introducción tan imprescindible como las propias crónicas a cargo del profesor Fuster y una colección de imágenes históricas que se entreveran con los artículos. Pero sobretodo, valen oro las confidencias de un escritor imitado con razón por los mejores columnistas españoles del momento: Manuel Jabois, David Gistau, Ignacio Ruiz Quintano, Jorge Bustos, Hughes… Julio Camba escribió y vivió como todo juntaletras desearía escribir y vivir. Su biografía, vislumbrada tras estas crónicas de viaje de Fórcola, es la de un escritor orgullosamente antimaldito. En Camba se prueba que para pasar a la historia de las letras no hace falta pegarse un tiro frente al espejo ni sucumbir a la politoxicomanía; basta con dejarse llevar por el Cielo, plácidamente, tumbado en la cama de la habitación 383 del Palace.

*Publicado por Fórcola Ediciones, 2014.

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