Título: El Diálogo

Autor: François Cheng

Editorial: Pre-Textos, 2013


A los partidarios de la tecnificación educativa, que abogan por una enseñanza precisa de lo tecnológico y por la extinción curricular de lo que denominan “las tonterías de los de letras” un libro como El Diálogo* (en la versión original francesa titulado Le Dialogue: Une Passion Pour La Langue Francaise) les importará poco o nada. Para ellos el abanico del conocimiento se resume en la palabra utilidad, más allá de la cual sólo existe aburrimiento y pérdida de tiempo. Podríamos definir su posición como un agnosticismo cultural: la cultura existe pero ve tú a saber para qué sirve.

En este breve ensayo el académico francés François Cheng nos ofrece su pequeña aportación a la respuesta de aquel interrogante. No pretende ser un manual de uso escolar –por su extensión sería imposible- en el que, mediante el recurso a la categorización, la enumeración y el método socrático, se alcance una teoría general sobre la importancia y el alcance vital de la cultura europea. Su búsqueda se halla acotada por unos vértices bien precisos, a saber: la tradición cultural, la poesía, la importancia de las palabras, y la relación entre dos lenguas tan señoras como el francés y el chino. Así lo advierte el autor al señalar que “una lengua se hace cargo de nuestra conciencia y nuestros afectos. Y a un nivel más alto, es aquello mediante lo cual el hombre es capaz de superarse a sí mismo accediendo a una forma de creación, ya que todas nuestras creaciones, en un sentido amplio, son un lenguaje”.

CALIGRAFIA CHINAA primera vista parece difícil comparar lenguas que uno situaría en las antípodas, como son las de raigambre latina, por un lado, y el chino, por otro, cuya complejidad no tiene parangón. Sin embargo, el análisis de Cheng es, con mucho, más interesante de lo que cabría esperar. En pocos trazos, a modo de caligrafía sutil, es capaz de describirnos los diferentes niveles de conexión lingüística, esos pequeños golpes sonoros que transmiten de una manera subliminal la universalidad del conocimiento humano. Y ello a pesar de que el autor es claramente consciente que “todas las lenguas contienen palabras que tienen una pronunciación similar, pero un significado muy diferente, incluso contrario”.

La estructura del ensayo también es digna de mención. En sus escasas noventa páginas Cheng nos presenta el devenir vital de un joven exiliado chino en la Francia posterior a la Segunda Guerra Mundial. A través del proceso catártico de aprendizaje de una nueva lengua –experiencia a la que casi todos podemos sumar nuestro recuerdo personal- desgrana toda una teoría sobre el origen de la penetración e intercambio cultural, que acaba desembocando en la toma de posesión de esa segunda lengua, su adopción y posterior maestría. Maestría plasmada en una poesía poderosa, llena de evocaciones a ese titán de oriente llamado China.

Cheng expresa su trayectoria vital, que le conduce al diálogo, en estos términos: “El destino quiso que a partir de cierto punto de mi vida, me convirtiera en portador de dos idiomas, chino y francés. ¿Fue sólo el destino? ¿No hubo también una parte de voluntad deliberada? Aún así, traté de cumplir con el reto de asumir, a mi manera, las dos lenguas y deducir de ello consecuencias extremas. Dos lenguas complejas que se conocen comúnmente como “grandes”, cargadas de historia y cultura. Y lo más importante, dos idiomas de naturaleza tan diferente que entre ellos existe la mayor distancia que se pueda imaginar […] No es de extrañar que, desde entonces, en el corazón de mi aventura lingüística orientada hacia el amor por una lengua adoptada, se encuentre como tema principal el diálogo”.

DIBUJO CHINOEn la breve introducción del libro el autor nos brinda un avance de los contenidos cosmogónicos presentes en las tres principales religiones de China, a saber, taoísmo, confucionismo y budismo, éste último introducido en el país por la influencia india. Es entonces cuando aparece la figura, tan manipulada hoy, del yang-yin-vacío-medio. Tradición que “tiene el mérito de ser coherente y, sobre todo, afirma la confianza en el orden universal de la Vida, fundado no en la separación estanca entre las unidades constitutivas, sino en la dependencia que permite la circulación y la interacción.” De este punto nos dirigimos entonces a la palabra francesa “sens”, sentido, que Cheng considera la joya del léxico francés.

François Cheng –que es un buen escritor y poeta, ganador de varios premios de prestigio en Francia- va abriendo en este ensayo, a modo de ventanas, numerosos interrogantes que posteriormente deja de lado con tal de alcanzar el resguardo de su poesía. De muchos ofrece únicamente escasas pinceladas cuando muy bien podría haber entrado a fondo, sin menoscabo del estilo general de la obra. En cierto modo se trata de una larga sucesión de oportunidades perdidas, de meritorios razonamientos que no acaban de encontrar una construcción teórica sólida.

Se trata, por lo tanto, de una obra breve pero interesante, perceptiva e innovadora a la vez. Atraerá la atención de aquellos que siguen interesándose por la importancia de las palabras, por la importancia del lenguaje.

François Cheng (1929) estudió en China y en Estados Unidos y se trasladó en 1948 a Francia, donde tradujo al chino a los grandes poetas franceses y viceversa. A la vez que se dedicaba a la docencia, comenzó su propio trabajo de creación literaria. Ha obtenido los premios André Malraux, Roger Caillois, Femina y el Gran Premio de la Francofonía por el conjunto de su obra en 2001. En el año 2002 fue elegido miembro de la Academia Francesa.

*Publicado por Editorial Pre-Textos, 2013.

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