El Di(s)putado voto del señor Cayo

Autor: Tácito//


En la maravillosa novela de Miguel Delibes se describe el encuentro entre un mundo en desaparición representado por el señor Cayo, agricultor de una enorme sabiduría natural, y un variopinto grupo de urbanitas con ideas «modernas» pero sin anclaje en la realidad milenaria de España. Esta situación da pie al contraste entre dos concepciones del mundo, la urbana y la rural, a cuenta del intento por parte de los últimos de convencer al señor Cayo para que dé su apoyo a un partido de izquierdas en las primeras elecciones después de la transición.

Treinta y cinco años más tarde, continuamos a la búsqueda del voto de otro Cayo, en este caso el del líder de la coalición Izquierda Unida. El di(s)putado voto del señor Cayo, o el voto del diputado señor Cayo, en este caso el orden de los factores no altera el producto. ¿Y quién es el grupo de urbanitas de ideas «modernas» que tratan de atraer su voto? Pues cualquiera de los candidatos que pueda salir victorioso de la primarias auspiciadas por el PSOE para el mes de noviembre.

¿Y por qué? El motivo de la nueva disputa es pura aritmética parlamentaria. La aritmética política que permite a los potenciales candidatos soñar con alcanzar con la presidencia del país en las próximas elecciones. Sueño que se basa en haber llegado el PSOE su suelo electoral después de dos años de oposición y tras una clamorosa derrota en las urnas, debida a la pésima gestión de la cosa pública por parte del ciudadano José Luis.

La Izquierda Unida, ex–hundida como decían algunos con malicia, de Cayo Lara mantiene un constante crecimiento en intención de voto desde las últimas elecciones. Están siendo capaces de capitalizarlo, en buena parte, gracias a no tener más que un contacto fugaz con el ejercicio del poder, que tanto desgasta. No es en absoluto descartable que si el PSOE consigue ilusionar de nuevo a sus bases con un nuevo líder e IU mantiene su actual línea de crecimiento, una coalición entre ambos partidos pueda alcanzar la mayoría absoluta en las próximas elecciones al parlamento, a pesar de que el PP pueda ser, de nuevo, el partido más votado. Estaríamos en definitiva, en el «escenario Cayo».

En dicha tesitura lo más probable es que, como muestra de la pluralidad del nuevo gobierno formado por un arcoíris de espectro izquierdista, IU decidiera por primera vez entrar a formar parte del mismo, lo que ya ha sucedido en la Junta de Andalucía. El nuevo gobierno, bajo su influencia, se vería en la obligación de seguir una política de incremento de gasto público, subvenciones, industria y banca públicas, hasta llegar a un escenario de quiebra a la griega. No hay que olvidar que la deuda pública española se acerca peligrosamente ya al 100% del PIB nacional, y cualquier descuido en la lucha contra el déficit puede llevarnos a una subida de costes, esta vez letal, por la magnitud de la deuda acumulada.

Y sin embargo, como decía mi abuela, «nadie escarmienta en cabeza ajena», y ese nuevo tándem tampoco escarmentaría de la triste decisión que tuvo que tomar Sr. Rodríguez, cuando se vio obligado a abdicar de todas sus convicciones para evitar, en el último momento, una intervención por parte de la Unión de consecuencias imprevisibles. ¿Cómo es posible llegar a este escenario, después de haber sufrido tanto para alejarlo de nuestra mente? Por la más vil inacción y cálculo electoralista, esta vez a cargo del gobierno del ciudadano Mariano, que postergó toda reforma para tratar de conquistar el ansiado botín de la Junta de Andalucía cinco meses más tarde.

Mariano firmó y no cumplió dos contratos sociales, uno explícito y otro implícito. El explícito, basado en sus promesas electorales, no valía ni el papel en el que se escribió, ya que nadie pensó seriamente que fuera a cumplirse. Sin embargo, el implícito era claro y sencillo: la mayor cuota de poder para el PP se le otorgaba para que tomase las medidas necesarias a fin de enderezar el rumbo de la nave y reducir la zozobra del paro, sin cortapisas ni necesidad de componendas políticas. Lo que, en mi opinión, votaron los españoles fue un gobierno fuerte, sin ataduras, listo para cortar las amarras con las injusticias y clientelismos que nos atenazan.

Mariano sabía, desde dos años antes de la votación, que sería presidente del gobierno. La diferencia y dirección en las intenciones de voto no dejaban lugar a dudas. Tuvo dos años para preparar todas las leyes de la legislatura e ir aprobándolas en serie desde el primer día. El primer BOE debería haber tenido 400 hojas y haber dado un vuelco al país. Esto, por sí solo, hubiese reducido la prima de riesgo, aumentado la confianza e iniciado la recuperación económica un año antes.

Sin embargo, el Sr. Mariano no ha hecho nada de eso. Apareció, en infeliz imagen, hasta arriba de papeles como un ex-opositor estudiando, aparentemente por primera vez a fondo, los problemas de Estado en vez de dar una vuelta por Europa y América explicando las siete diferencias entre su gobierno y el anterior.

En el Reino Unido el principal partido de la oposición se organiza alrededor de un «shadow cabinet», esto es, un gobierno en la sombra, con ministros nombrados in pectore, que están listos para ejercer la tarea de gobierno desde el primer momento. Una vez más, Mariano deshojó la margarita de los nombramientos para contentar a propios, que no a ajenos, y demoró un mes la elección de sus ministros, cuando podían haber estado gobernando desde el primer Consejo de Ministros. Mariano dejó las velas sin viento y esperó a que la inercia de las generales le llevase a conquistar el palacio de San Telmo. Y ganó las elecciones andaluzas, pero Cayo fue lacayo y Griñán gobernó. Como dicen los ingleses, «close, but no cigar».

Paradójicamente, el retraso en el inicio de las reformas puede ser fatal para el PP dada la angustiosa parsimonia con la que se está produciendo la reactivación económica, debido también a la forma parcial y por la mínima con la que se está haciendo. Ese cúmulo de retrasos, de al menos un año, puede ser el tiempo que le falte a Mariano al final de la legislatura para llegar a una cifras del paro más aceptables que resarzan a los españoles de las tribulaciones sufridas durante la legislatura.

En un escenario de bajo o nulo crecimiento económico y empate técnico en las encuestas electorales, los españoles pueden decidir que es conveniente un nuevo cambio y puede que entremos en el ya mencionado «escenario Cayo». El Sr. Brey se volvería tranquilamente al Registro de la propiedad de Santa Pola y los ciudadanos, cual Sísifo, a la ingrata tarea de volver a subir la piedra de las finanzas públicas montaña arriba mientras Hacienda les devora las entrañas, solo para ver la deuda pública volver a caer de nuevo al pozo de la insolvencia.

Parece una visión en exceso dramática, pero quizás no tan lejana.

(Gráfia obtenida de la versión digital del periódico El País)