El nuevo Leviatán

Autor: Manuel Campos Campayo//


Imagínense que mañana se despiertan y descubren que el “contrato” social se ha roto y, por tanto, el Estado ha desaparecido. No existen instituciones parlamentarias, ni agencias tributarias, ni administraciones públicas, ni fuerzas de seguridad, ni políticos, tan sólo una pluralidad de individuos que comparten un mismo territorio: ¿utopía o pesadilla? ¿realizable o impracticable?

En el siglo XVII los ingleses John Locke y Thomas Hobbes formularon sus teorías acerca del contrato social. Aunque opuestos en sus planteamientos, ambos buscaban dotar de un fundamento teórico a la existencia del Estado (como contraposición al estado de naturaleza del hombre) que lo alejase de la legitimación divina imperante bajo el absolutismo. De forma más contundente en Hobbes, pero también defendido por Locke, el Estado se erigía como inexorable árbitro de las cuestiones de los hombres. Cuatro siglos más tarde aún se mantienen las premisas básicas de estos dos filósofos, modificadas y ampliadas por las teorías marxistas y por el avance del Estado del Bienestar: el Estado se ha convertido en un verdadero Leviatán.

Hoy no podemos negar el control que las instituciones estatales ejercen sobre nuestra rutina. Todo se encuentra regulado y “normalizado”. Desde que nos levantamos hasta que nos acostamos puede que no exista una sola actividad que no haya sido objeto de revisión y regulación por parte de algún órgano público. El número de leyes, reglamentos o normas que se promulgan cada año es disparatado y alcanza límites kafkianos, Tan sólo hace falta recordar el debate que se originó hace unos años cuando la Comisión Europea se empeñó en regular la curvatura de los pepinos o cuando se estableció que los puerros debían tener una coloración “entre blanca y blanca verdosa”. Ante tal cúmulo de despropósitos, cabe preguntarse ¿es necesario ese nivel de regulación?

REPRESENTACION LEVIATAN HOBBESAunque crean que el escenario que se proponía al inicio de esta columna resulta poco realista hay algunas corrientes o escuelas que defienden vehementemente semejante alternativa. Apuestan por la capacidad del ser humano para autorregularse y establecer comunidades que, sin necesidad de estructurales estatales, organicen el desarrollo de la vida humana. Ahora bien, si el Estado se retira y devuelve “competencias” a los ciudadanos ¿hasta qué puntos éstos serían capaces de comportarse adecuadamente? Hobbes ya señaló (máxima manida donde las haya) que el hombre es lobo para el hombre. El egoísmo y la avaricia rigen el comportamiento del ser humano que busca satisfacer antes que nada sus propios intereses. Adam Smith vio en este egoísmo el germen de la “mano invisible” que regulaba el mercado, pero la actual crisis nos ha demostrado que el mercado sin órganos que lo regulen acaba por descarrilar debido al afán excesivo de lucro.

Resulta evidente que nos encontramos en tiempos de cambio. No sólo político, ni sólo de regeneración sino de algo mucho más profundo: estamos ante una transformación de la concepción misma del Estado y de las funciones que tiene que adoptar. Los límites de lo público y lo privado son cada día más difusos y las concepciones tradicionales ya no son útiles para discernir entre ambas esferas. Hasta hace unos años la bonanza económica escondía las deficiencias del sistema y no había necesidad de adentrarse en un terreno farragoso si todo iba bien. Pero una vez que ha llegado la crisis y han salido a flote las carencias de los gobiernos para hacerle frente es preciso abordar sin dilación el debate sobre la renovación del Estado y de la Administración pública.

Este necesario proceso de revisión no debería estar liderado por personajes que se consideran a sí mismos salvadores de patrias o poseedores de verdades absolutas. El reto que se abre ante nosotros requiere de hombres que vean más allá de las próximas elecciones y que consideren que la política no es sólo una sucesión concatenada de eslóganes. Desgraciadamente, estos escasean y, como de costumbre, acabamos por escuchar a quien más grita.