Título: El sentido reverencial del dinero

Autor: Ramiro de Maeztu

Editorial: Ediciones Encuentro, abril 2014


Apunta el profesor García de Leániz en su sensacional prólogo que Ramiro de Maeztu (Vitoria, 4 de mayo de 1874 – Aravaca, Madrid, 29 de octubre de 1936), vilipendiado casi siempre, arroja luz con los artículos compendiados en esta obra sobre algunas de las perplejidades económicas con las que hoy nos toca lidiar; como una suerte de avisador, anticipa las claves para capear la tormenta de la economía con un quehacer intelectual que es más bien un pensar alerta. Y todo ello desde el pedestal inefable de una corresponsalía londinense a comienzos del siglo XX, es decir, cuando precisamente se consumaba la consagración de las grandes firmas financieras de Lombard Street. El ser humano, y con él su aproximación al dinero, poco o nada han cambiado desde entonces; en consecuencia, esta edición de El sentido reverencial del dinero se me antoja descaradamente oportuna y esclarecedora.

Una simple mirada de soslayo al curso vital del vitoriano Ramiro de Maeztu nos ayuda a comprender su relación con la banca, las finanzas, la industria y, en general, con la economía moderna. Su juventud transcurre entre Cuba, España, Inglaterra y EE.UU., y en todo ese tiempo desempeña tan diversos empleos y se embarca en tan variopintas empresas que resulta inevitable la reivindicación de la dignidad de la función empresarial que Maeztu aborda con estos ensayos. Don Ramiro es, por tanto, de los que consideran que deberíamos erigir una estatua en cada plaza a quienes tienen la gallardía de crear riqueza a través del emprendimiento. En esto, se deja influir por el entusiasmo que rodeaba entonces a figuras como Rockefeller, Ford o Astor, auténticos héroes nacionales de la época.

RAMIRO DE MAETZURamiro de Maeztu perfecciona unos textos rematados, eruditos, contundentes. Con un enfoque interdisciplinar y osado, clama justicia para los empresarios trabando un discurso que combina la lógica utilitarista con la teología cristiana, y acariciando al tiempo algunas de las categorías filosóficas ineludibles en economía. Un siglo después, escasean los que aciertan a ver la importancia elemental de lo que podríamos llamar humanismo empresarial, –cegados los economistas contemporáneos por los complejos de la economía cuantitativa y sólo cuantitativa–, aunque aún hay voces que sin saberlo se suman a la tesis maeztuana, como la del profesor Huerta de Soto: “Los estudios tradicionales sobre el derecho natural y la justicia se han visto eclipsados por el desarrollo de una concepción de la ciencia económica que, de manera torpe y mecanicista, ha pretendido aplicar al campo de las ciencias sociales una metodología que inicialmente se formó para las ciencias naturales y el mundo de la física (…) La ciencia habría logrado de esta forma arrumbar y hacer obsoletas las consideraciones relacionadas con la justicia”. Esta es la razón por la cual en economía descuella el dogma de que lo que no puede medirse conforme a parámetros cuantitativos en realidad no existe. En definitiva, hacen falta más Maeztus en las escuelas de negocios que tengan redaños para poner en la picota a tanto muyahidín de las números.

Sin ánimo de abordar en estas líneas la totalidad de los planteamientos del libro, no puedo no referirme a la ambiciosa y revolucionaria propuesta que da nombre al volumen: el autor asevera que la mayoría de los problemas económicos hunde sus raíces en una concepción errónea del dinero. Si los actores de la economía adquiriesen un sentido reverencial del dinero, esto es, un concepto de riqueza como potencialidades de bien, los mercados y sus agentes someterían consecuentemente su actuación a un imperativo moral severo: largo plazo versus corto plazo, crecimiento versus dividendos, inversión versus consumo, economía real versus ingeniería financiera, etc. Frente a este sentido reverencial o sacramental del dinero propio del hombre espiritual, se contrapone y prepondera el sentido sensual, del que el hombre natural hace bandera. En virtud del mismo, el dinero ha de traducirse siempre en oportunidades de placer, en lujos y comodidades. Fieles a Maeztu, podríamos concluir que si concibiéramos el dinero como el medio para los supremos fines espirituales y así lo persiguiéramos, conoceríamos, al fin, la prosperidad: “En las raíces de la vida económica se encuentra siempre la moral. La economía es espíritu. El dinero es espíritu”.

En nuestro país, no obstante, enriquecerse siempre estuvo muy mal visto, y tal vez encontremos la causa de ello en la quijotesca configuración político-religiosa de nuestra nación, pues el propio Tertuliano ya vislumbró en el siglo II que los cristianos primitivos resultaban, a todas luces, torpes para los negocios: Infructuosi in negotus decimur. En la España medieval, por su parte, una vida lograda implicaba disponer de los recursos suficientes para dedicarse o bien a la vida contemplativa o bien al oficio de las armas. El comerciante, a los ojos hispanos, no dejaba de ser un menesteroso y un hereje, pues el comercio –se figuraban– era tarea propia de judíos y otras gentes de mal vivir. A este respecto sostiene el autor: “Nuestro pueblo y todos los latinos se rigen, en cuanto a la moral de la economía, por la idea tomista de que si bien la Providencia  ha dispuesto la diversidad de oficios y condiciones, el hecho de que un individuo sea rico y otro pobre contingit ex causis naturalisbus, acontece por causas naturales, y es éticamente tan indiferente como el comer y el beber. No hay desdoro en vivir ociosamente, si uno puede hacerlo”. Lamentablemente, los españoles carecimos de astucia para adaptarnos a tiempo a fin de que nuestra épica caballeresca se tornase en épica burguesa: de la conquista de América a la conquista de Wall Street. De hecho, los americanos sienten profunda estima y admiración aún hoy por los navegantes, cartógrafos y exploradores españoles. Éstos mostraron el camino con su entusiasmo y su altura de miras, y aquéllos tomaron buena nota. Y nosotros mientras tanto, herederos naturales, optamos por quedarnos quietos ante la usurpación de nuestra identidad.

El vizcaíno propone tomar todo lo que de bueno hay en la ética protestante del dinero –no por protestante, naturalmente– y aplicarlo sin rubor, pues la tradición católica de la piel de toro enfoca, a su juicio, lo material como pecaminoso: “Para los judíos, la riqueza es un premio que Dios concede a la moralidad. Para los puritanos, riqueza y moralidad son casi términos sinónimos, porque casi todos los hombres que cultiven los hábitos de la laboriosidad en el trabajo y en el ahorro, que el puritanismo prescribe, tendrán que enriquecerse”. En puridad, el sentido reverencial, contra lo que sostuvo Weber, va más allá de la ética protestante. Es fruto lógico de una vida sacrificada por amor. Nace el materialismo cristiano, el cual anima a descubrir ese algo divino escondido detrás de las realidades más inmediatas: “la economía sin religiosidad convierte los trabajos en chapuzas. La religiosidad sin economía es una rueda de viento que en el viento gira”.

FOTOGRAFIA WALL STREETLa visión puritana fascina a Maeztu por su insolente sentido común. Además, se da cuenta de que dicha interpretación se ajusta con suavidad a la literalidad del texto bíblico, en el que se especifica que Dios creó al hombre ut operaretur et custodiret illum, es decir, para que trabajara. Afirma el autor: “Para los pueblos puritanos no era indiferente el que un hombre trabajase o no. Se han guiado por el teólogo Baxter, que decía: “El rico no necesita trabajar, pero necesita obedecer a Dios, que le manda trabajar”. De esta concienciosidad en el trabajo y en el ahorro, que es nuestra particular vocatio, Maeztu deduce cuáles han de ser las características de la clase dirigente: “Lo que digo con ello es que los directores de la vida económica de un pueblo deberán ser espíritus formados y educados. Han de ser hombres capaces de mirar las cifras de los caudales que manejan con el mismo desinterés científico que si se tratase de fórmulas matemáticas o de las palabras de una versión latina. Han de saber dominarse a sí mismos para dominar la situación y sacar la cabeza de entre las oleadas de optimismo y de pesimismo que les sacudan en sus ocupaciones. Han de desconfiar lo mismo de la propia timidez que de la propia temeridad, y de la timidez y temeridad ajenas. Han de discriminar entre los negocios y los negociantes, para dar a cada uno lo suyo. Han de ser, en cierto modo, ascetas, pero no para salir del mundo, sino para conducirlo y guiarlo con prudencia”. La ascética de los directores de la vida económica es la ascética del torero: prudencia, suerte, vista y al toro. Ya dijo el maestro Juan Belmonte que en la lidia de hombres y de bestias –y de capitales, añado– lo importante es parar. El que sabe parar domina.

Podría continuar citando y aportando notas marginales que han nacido de mi lectura y relectura de El sentido reverencial del dinero, pero de nada sirve si el lector de estas líneas no acude a la fuente. En resumen, Ramiro de Maeztu propone combatir el egoísmo y la mediocridad con una concepción épica de la riqueza que nace de la filosofía y de la teología cristiana. Y sugiere, finalmente, que el destino suele favorecer a quienes de este modo obran –“Audaces fortuna iuvat”, la fortuna favorece a los audaces, sentenció Virgilio–. Y si la fortuna no llega y la laboriosidad, que importa más que los resultados, es recompensada con miseria, siempre nos quedará emular a Job quien, despojado de todos sus bienes, dirigió esta réplica al Cielo: “Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo tornaré a ella. Yahvé me lo dio, Yahvé me lo ha quitado. ¡Bendito sea el nombre de Yahvé!”.

*Publicado por Ediciones Encuentro, abril 2014.

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