In God we trust… in institutions, we do not

Autor: J. C. Maxwell//


En el caso de que tenga un dólar por casualidad a mano, tómelo y obsérvelo. Podrá leer una frase en su reverso: «In God we trust«. Esta frase, lema oficial de Estados Unidos como nación, empezó a incluirse en las monedas a finales del siglo XIX.

A mediados del siglo XX, en una de las épocas más turbulentas a nivel geopolítico de los últimos tiempos, con las heridas de la Segunda Guerra Mundial todavía abiertas y la incipiente Guerra Fría dando sus primeros pasos, pasó a estar presente en los billetes y fue proclamada lema oficial de Estados Unidos. Eran tiempos convulsos en los que la unidad de la patria era más necesaria que nunca y la complicidad divina suponía un importante refuerzo.

BILLETE UN DOLARNo obstante, junto con su carácter oficial, esta frase impresa en los distintos billetes de la moneda estadounidense tiene una segunda lectura tan certera como la anterior. Porque, ¿cuál es el valor de un billete de un dólar? Aunque pueda parecer un tanto apocalíptico, desde un punto de vista estricto, no vale nada. Bueno, mejor dicho su valor coincidiría con el que puede tener en el mercado un trozo de papel de buena calidad estampado. Pero no se precipiten, no procedan a quemar todos los billetes que tienen a mano frustrados por ello. El concepto de valor es muy relativo y con esos billetes podrá seguir haciendo sus compras tranquilamente.

El truco de todo está en la confianza. A nivel colectivo todos confiamos en que estos fragmentos de papel, producidos, y por tanto avalados y certificados por entidades concretas (los bancos centrales) y con un diseño concreto (con determinadas dificultades para hacer réplicas falsas), tienen el valor que lucen en su anverso y reverso. Un valor basado en la confianza entre todos los miembros de la sociedad y con el sistema establecido. También en este caso, la mención a la deidad ayuda a reforzar la creencia en que el método utilizado es el adecuado.

Este sistema, llamado fiduciario, es el que se utiliza en la mayoría de monedas del mundo en la actualidad. Anteriormente todo comenzó por el truque, pero presentaba dificultades. Por un lado no existía una medida para poder comparar bienes; por otro lado, no siempre los bienes a intercambiar estaban disponibles a la vez. La solución era sencilla: se introducen intermediarios (los precursores de los bancos centrales) que arbitren los trueques; asimismo, se habilita la opción de cambiar un bien por un derecho de cobro (los precursores de las monedas) de otro cuando esté disponible.

De ahí se pasó a establecer los metales como patrones: una moneda valía en función de la cantidad del metal que tuviera. Posteriormente las monedas o billetes no tenían alto valor, pero eran derechos de cobro que podía cambiarse por su correspondiente valor en oro.

Las turbulencias económicas y políticas del siglo XX acabaron con el patrón oro. Había que reconstruir Europa y no había oro suficiente. Por ello el dinero pasó a no valer nada (en el sentido de no tener contrapartida). Son los bancos centrales los encargados de custodiar y administrar su valor (contra otras monedas).

CUADRO BANQUEROBajo este sistema fiduciario existente en la actualidad y mediante sus políticas monetarias y fiscales, los países durante la segunda mitad del siglo XX establecieron diversas políticas expansivas o contractivas para poder ajustar la inflación, el endeudamiento y el crecimiento económico en función de la fase del ciclo económico y de la situación geopolítica en un mundo cada vez más globalizado.

Pero he aquí que aparece la tan manida crisis. Una crisis basada en múltiples factores (depende de con quién hable uno) pero en la que siempre aparece una causa común: el exceso de endeudamiento; el dinero para todos, lo merezcan o no. Total, como esto parece asegurar el crecimiento… Y claro, una crisis basada en estos factores, cuando el control de las políticas claramente recae en los bancos centrales de los países, genera obviamente una brusca caída en la confianza en las instituciones (pensemos por ejemplo en la gestión del Banco de España en los últimos años…)

Cuando hay una crisis de credibilidad en las instituciones y en los países siempre hay un reducto que, aunque intenta controlarse y regularse (como se ha visto recientemente), todavía deja espacio a la libre expresión y a la libre opinión, independientemente del control de los países. Estoy hablando de internet, del mundo virtual.

En tiempos en los que se cuestiona la ambición sin límite por crecer, el incremento de las desigualdades sociales, la incorrecta toma de decisiones políticas antes y durante la crisis y el exceso de control de los aparatos gubernamentales en algunos (muchos) países, las vías alternativas a veces cobran fuerza.

Puede parecer lógico, bajo esta premisa, que en el mundo virtual se propusiera algo diferente al sistema actual dado los tiempos en los que estamos. Y pocas ideas más poderosas (al menos a nivel teórico) que algo alternativo al sistema fiduciario comentado y controlado monopolísticamente por los países. ¿Qué tal una moneda nueva que opere bajo otras reglas?

El sistema fue propuesto en 2009 y parte de su epicentro se encuentra casualmente en Islandia (uno de los países en quiebra a causa de su sobreendeudamiento y en el que el poder de los ciudadanos, al contrario que en otros países que de sobra conocemos, provoca dimisiones en la clase política). Y su objetivo es muy preciso: creemos una moneda virtual que escape al control de las autoridades monetarias del mundo: los bitcoins. Los bitcoins son una moneda propia (digital), con su tipo de cambio contra otras (dólar, euro, …) y con los que se pueden pagar, al igual que con las otras, los bienes y servicios adquiridos, inicialmente online, pero con futuros usos para el mundo real.

BITCOINsPero es que además de escapar al control, su funcionamiento es peculiar y en parte es una vuelta al pasado (cuando el dinero tenía su contrapartida en recursos que costaba producir): hay una cantidad máxima de bitcoins (21 millones, por lo tanto un recurso limitado) y su sistema es deflaccionario: cada vez cuesta más producirlo. Es decir, es una vuelta en cierta forma a un sistema similar al oro como contrapartida del dinero. El oro se extrae de las minas, pero cuando éstas escasean, cuesta más obtenerlo (hay que buscar nuevas minas, desarrollar nuevas técnicas de extracción posiblemente más caras, etc). Con los bitcoins pasa lo mismo: cuantas más monedas haya en circulación, más complicados son los algoritmos para poder emitir nuevas monedas digitales y por tanto menor es el incentivo a expandir la base monetaria.

Hoy en día los bitcoins son un tema de actualidad. Voces muy autorizadas se han postulado a favor (MIT) o en contra (Paul Krugman o Robert Shiller, ambos premios Nobel). Algunos lo consideran una enorme burbuja o un paraíso para maleantes (no hay control de los gobiernos, no hay impuestos, el blanqueo es más sencillo…) mientras que otros consideran que la moneda irá estabilizando su volatilidad y ganará peso gradualmente.

La opción más razonable es que, dado el poder de las autoridades centrales y lo poco cómodos que se encuentran con ello (el Banco Central Europeo ya manifestó hace tiempo su absoluto rechazo a los bitcoins), no pase el tema a mayores. Sin embargo, también es cierto que este sistema se irá depurando. Actualmente ya existen países que tienen cajeros para retirar bitcoins y en España hay proyectos que lo están intentando; si el bitcoin no prospera aparecerán nuevas monedas en internet, con sistemas más refinados, que posiblemente puedan incrementar gradualmente (con el permiso de las autoridades monetarias o sin él) su relevancia como moneda a futuro. Y es que el poder de los colectivos con reglas alternativas en internet es muy elevado, nos guste o no, como se ha visto con el cine y la música.

Un sistema distinto al que ha existido en los últimos tiempos parece estar emergiendo poco a poco para coexistir con el actual. Y es que, en el fondo, quizás el mensaje que debería aparecer en los billetes es «In God we trust, in institutions we do not«.