Jaque a la libertad de expresión

Autor: David Donaire//


Con la sensibilidad todavía tocada debido al terrorismo islámico en Francia y con la seguridad de los Estados en alerta, toca hablar de la libertad de expresión. No en tono jurídico ni filosófico. Algo más trivial. Vamos a realizar un breve reflexión que en estos días puede ayudar a dilucidar posiciones o disipar confusiones. Recordemos, todo empieza con la burla y, si se puede decir así, con la agresión verbal e icónica, a un colectivo, en este caso, el islámico. En la misma publicación satírica, se ha criticado de todo, inclusive el cristianismo; como aquí la revista Jueves, que se publica los miércoles, arremete con todo y contra todo. Como dije, el debate no es si tenemos derecho o no a hacerlo, en sentido de si “deberíamos poder”, que, adelanto, ha de protegerse, sino en cómo comprendemos y sentimos este derecho. No ya la libertad de expresión, también la libertad en todos los ámbitos.

¿Alguien más que yo se ha dado cuenta que sólo se habla o reivindica la libertad en nuestras sociedades para insultar, meterse con los demás y cosas parecidas? Luego además se reclama como derecho, es decir, que se reclama inmunidad personal a quién arremete no físicamente contra los demás. ¿Alguien más se ha dado cuenta que en las sociedades actuales parece que la única vía de acción “libre”, aparte del goce material para quién pueda, es precisamente esta, machacar a los demás, crear enemigos ideológicos, religiosos, corporativos, de género o de cualquier condición? Me es espeluznante como, y pongo por hipótesis, la frustración y las pocas salidas en la vida reales de la gente, ahogados, terminan desahogándose a base de bien en la caricatura y el desprecio. Las libertades de expresión y de manifestación, por nombrar dos relacionadas, se invocan en la guerra interna de las sociedades posmodernas para separar enemigos de amigos, aplastar y desahogarse en los primeros y producir comportamientos sectarios con los segundos. Es lógico que abrume esta situación a muchos, gente normal, que se ve despreciada por ser empleado público y cobrar del estado, o por ser profesor y tener algo más de vacaciones del promedio, o por ser un portento científico y malvivir de becario un decenio, o tener una creencia religiosa y ser acusado de ser un mal a la civilización, etc.

Este es el punto: derecho vacíos, deseables, pero vacíos, tapadera de cestas vacuas. La civilización occidental ha perdido los contenidos o se han reducido a la mínima condición de existencia, la tolerancia. Ciega, desoladora. Todos se despreocupan de nociones de convivencia, civismo y educación. Contenidos ya hueros y tirados al arbitrio de cada ego que habita nuestros países. Piensen en la lógica, necesitamos tolerancia a raudales porque nos hemos diferenciado y escindido tanto del Otro que la extrañeza sólo puede ser defendida a fuerza de policía.