La épica de los nuevos zares

Autor: Alberto Ortiz//


En el oficio de liderar encuentro tantos estilos como pastores de rebaños presuntos. Pero no creo descubrir nada si digo que el liderazgo sólo puede alzarse sobre dos tipos de cimientos: o sobre la admiración por la efigie virtuosa del líder o sobre la esperanza de campos cuajados para los próximos cuatro años: de un lado la ejemplaridad siempre noble; de otro la necesidad de notar uno el riñón cubierto, cualesquiera sean los realidades ajenas allende los muros de la República Independiente de mi Loft.

Pretendo sumarme a una tesis de siempre: la de que la excelencia los paladines se supedita a la dignidad del pueblo en cuestión. Y como argumento elocuente aporto algo en lo que reparo desde hace tiempo: que descuella hoy el mandamás invisible, endosatario de la sentencia de Paul Valéry de que la política es el arte de evitar que la gente se preocupe de lo que le atañe. Sobresale, pues, el abogado del Estado gris, diestro gestionando la hacienda, que trinca lo justo (a veces lo justo y un poquito más) y que custodia con retórica hueca el limes donde los bárbaros coletudos pugnan, ¡Y vaya si pugnan! Total, que las naciones han decidido cambiar líderes épicos por líderes líricos, y de ahí nuestro drama.

En medio de esta orgía de narcisismo en la que cuando no estamos produciendo estamos consumiendo, echamos en falta quijotes que vean gigantes donde los demás ven tan sólo molinos. Y como lamer tierra acaba cansando, hemos llegado al punto de no retorno de no querer hechos, sino promesas. En esto irrumpe Putin, un líder con vocación de marca que, lanza en ristre, va a devolver a Rusia el estatus de superpotencia y de paso la ilusión. Ha sabido seducir a su gente con un ideal movilizador que invita sacar el país adelante al margen de banderías y de reyertas partidistas. Tiene sentido histórico y visión magnánima, y se atreve a pensar a lo grande, Oh! la grandeur!, ante la perplejidad pazguata de los EE.UU., tan cómodos en su faceta de gran multinacional como incómodos con el traje slim fit de imperio clásico.

La popularidad de Putin jamás ha bajado del sesenta por ciento, una cifra ni tan siquiera soñada por Rajoy u Obama. Quizás por eso los editores de Forbes, ante la pregunta “¿Quién es el hombre más poderoso del planeta?”, no han dudado: “El líder de una resuelta antigua superpotencia manda más que el presidente maniatado del país más dominante del mundo”. Y también la Pulitzer Anne Applebaum, en reciente entrevista concedida a EL MUNDO, aseveraba que la crisis de Ucrania representa “la última gran batalla de Rusia por conservar su Imperio”.

Sucede que el ejercicio de responsabilidad paternal propio de los imperios no consiste en extender por cada callejón de Bangkok el fétido aroma de Kentucky Fried Chicken. Los españoles de esto sabemos algo. A mi juicio, la fuerza de los imperios se mide por la capacidad para diseminar su cultura y conseguir que arraigue; para hacer perdurar lo inútil. El descorche del champán siempre preludia la próxima decadencia: Atila se frotaba las manos con el pan y circo, conjeturando lo fácil que le sería majar a palos a una sociedad pestilente, mórbida y sin honor. Larga vida a los nuevos zares. Y a su épica.