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LA LABOR DEL HISTORIADOR
Autor: Manuel Campos Campayo


La semana pasada aparecía una nueva página dedicada al conocimiento de la historia, publicada y editada por uno de los editores de ensilencio.es. Su nombre es www.metahistoria.com y en ella se ofrece a los lectores una serie de recursos (reseñas, información sobre exposiciones, cursos y conferencias, novedades editoriales, entre otros) a los que se une una sección dedicada a las biografías de los grandes historiadores.

Al preparar la nueva página y profundizar en el estudio de la vida de la mayoría de los historiadores antiguos, una de las facetas de su vida que me pareció interesante fue la activa participación que tuvieron en la política de su época. Tucídides fue nombrado estratego durante la guerra del Peloponeso, Tácito y Salustio ocuparon altos cargos en la administración romana, Eusebio de Cesarea fue obispo y figura importante del Concilio de Nicea, mientras que San Gregorio de Tours, Guicciardini o Maquiavelo fueron asesores de monarcas o republicas. El contacto con la realpolitik les confirió la experiencia para comprender el funcionamiento de los asuntos de Estado y en sus obras se trasluce ese conocimiento.

El hombre es el eje sobre el que giran todos los sucesos, sus decisiones configuran el devenir de los acontecimientos y su carácter valiente, cobarde, temeroso o atrevido, determina sus acciones. Para estos historiadores la política es una cuestión de hombres, en la que poca cabida tienen la fortuna y la influencia de las deidades. Para ellos lo importante es la historia política. Su interpretación se aleja diametralmente de la concepción de historia especializada que impera en el mundo académico de nuestros días. Los estudios históricos se centran hoy en conocer los factores económicos, sociales y psicológicos de cada época, relegando la política a un segundo plano y considerándola como mero entretenimiento para un público profano.

¡Qué diferente es esta visión de la historia de la que tenían los griegos o romanos! La principal labor de los historiadores clásicos consistía en informar objetivamente de los hechos, sin faltar a la verdad, pero al mismo tiempo en ofrecer ejemplos de buen o mal comportamiento al auditorio que les escuchaba, para atraer su atención y entretenerles. El ejemplo más claro lo encontramos en Tito Livio y su monumental Historia de Roma desde su fundación (compuesta de 124 libros, a los que dedicó 40 años de su vida). Tito Livio entendió que la virtus romana había ido degradándose a causa del abandono de sus costumbres y tradiciones y, por lo tanto, buscó revertir esta situación utilizando el pasado para ilustrar cuáles eran las conductas y los valores que debían regir al Imperio y lograr la regeneración moral y la reconstrucción nacional de Roma.

El designio pedagógico y moralizante obligó al historiador antiguo a utilizar recursos estilísticos que hicieran más amena y atractiva su prosa. Tácito, a quien muchos consideran más poeta trágico que historiador, sobresalió por la presentación visual de las escenas narrativas que relata, cercanas a la actual técnica cinematográfica. Para lograr este efecto acude a un amplio abanico de figuras retóricas y explota como nadie la riqueza del latín. Sus obras se caracterizan por un lenguaje breve y conciso, por la huida de la simetría en la estructura de las frases y por el dramatismo. Con Tácito se produjo una poetización de la prosa, especialmente significativa en los discursos y en las narraciones de las batallas. Así se cumplía con el objetivo atribuido a la historia: cautivar y enseñar.

La historia, junto con la filosofía, es la ciencia social más antigua. La economía, como elemento de estudio, aparece en el siglo XV de la mano de los comerciantes italianos; la sociología en el siglo XIX y el resto de ciencias sociales son, en cierto modo, derivaciones de las anteriores, mientras que la historia se remonta casi al origen del hombre. Hasta el siglo XIX la historia siguió conservando la finalidad didáctica/legitimadora que la había caracterizado hasta entonces La aparición del positivismo francés y alemán conllevó que se aplicasen a la historia los mismos criterios metodológicos que se utilizaban en las demás ciencias. Sin embargo, la función original todavía se hacía sentir en los inicios del siglo XIX y volvió con fuerza durante un corto período de tiempo de la mano de los románticos. Mommsen, uno de los primeros positivistas alemanes, expresaba en el prólogo de su primera edición de Historia de Roma esta apología de la historia: "Aventájese la experiencia de la Humanidad en la historia, panteón de sus glorias y de sus triunfos, donde a la antorcha de la comparación crítica luce también para enseñanza de las generaciones venideras, al lado de lecciones y ejemplos dignos de imitación, saludable advertencia de memorables escarmientos". Unas décadas más tarde, el materialismo histórico y el método científico acabaron por subyugar cualquier resquicio de voluntad didáctica.

Hoy podemos encontrar dos tipos de investigaciones históricas (no en las librerías convencionales donde impera un tipo de libro pseudo-histórico): la "clásica", centrada en la dimensión política, con un repunte de las biografías y más cercana a la historiografía tradicional; y la "moderna" que engloba una heterogeneidad de escuelas desde el marxismo a los movimientos "post-". Esta última escuela ha ido consolidándose en torno a revistas, universidades y trabajos especializados en la segunda mitad del siglo XX al igual que ha sucedido en el resto de humanidades. No es esta la tribuna para opinar sobre cuál es mejor o cuál es peor, pero si en algo coinciden ambas es en el grado de especialización que han alcanzado y en su escasa difusión. Ya no se escribe para enseñar sino para profundizar en una determinada cuestión.

Es cierto que todavía se siguen publicando libros de calidad para el gran público, pero son los menos y suelen englobar amplios períodos de tiempo a modo de manuales, sin que en ellos se ahonde en alguna problemática concreta. La finalidad de mejorar el presente a partir de los ejemplos del pasado ha desaparecido de la técnica historiográfica actual. La metodización de los criterios de estudio ha logrado que se elaboren obras más rigurosas y muy técnicas, pero ha desterrado la pasión. Es cierto que muchas de las obras antiguas adolecían de graves defectos y contradicciones, por lo que desde un punto de vista técnico eran muy deficientes: aunque se hacían esfuerzos por atenerse a la verdad (así lo reflejan los proemios de las obras de Salustio, por ejemplo), normalmente el contenido acababa por supeditarse al mensaje y los hechos se amoldaban a la voluntad del historiador. La fría objetividad que impera hoy era antes sustituida por la pasión subjetiva del historiador.

A medida que se produce una mayor especialización de la producción histórica, se va reduciendo su campo de difusión. Puede ser útil conocer la cantidad de cobre que contenía el vellón en el año 1578 o saber cuál era la estructura del Consejo de Italia en tiempos de Felipe II o dar una cifra aproximada del número de mercancías que se intercambiaron en algún puerto de la Hansa; sin embargo, si nos limitamos a dar la cifra sin acompañarla de una explicación y de la importancia de esa información para el conjunto, tan sólo será un dato vacío más, sin utilidad alguna más allá de su valor anecdótico. No debemos olvidar lo que la historia nos ha dicho sobre ella misma: el hombre por su propia condición vuelve a cometer los mismos errores. Qué mejor forma de corregirlos que apoyándonos en los ejemplos de los mejores hombres que nos precedieron. Lo cual no quiere decir que nos dejemos llevar por nuestros intereses y que la historia se convierta en una plataforma para utilizar los hechos como altavoz de nuestras opiniones. Todo lo contrario, debemos profundizar en la calidad de los trabajos: cuanto más críticos y objetivos seamos con las fuentes de que dispongamos, mejor. Pero esta objetividad no impide que dirijamos nuestros esfuerzos a mostrar al resto de la sociedad lo que el pasado enseñó con sufrimiento a nuestros antecesores.

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