La tauromaquia es arte

Autor: Luis García-Chico//


Hacer lienzos con sangre animal para expresar lo terrible de la prepotencia humana es equivocarse en elegir los medios de representación. ¿Acaso un ángel puede demostrarse a sí mismo su virtuosismo negándoselo por sus medios de expresarlo? Vaya paradoja…

¿Cómo se podría dibujar una impresión de fascinación en algo que junta sus manos con la muerte y la humillación de la vida ante la propia naturaleza viva?

¿Se puede institucionalizar la muerte subvencionándola desde la propia vida que sigue siendo potencial y no estática?

¿Cómo se puede sentir pasión y amor por someter a lo vivo a la desaparición con peso en lo tradicional de un pueblo? ¿La tradición de un pueblo como la tradición científica de la salida del Sol? ¿Se puede admitir esa arrogancia?

¿Acaso es posible transmitir el sentimiento tan grandioso (que parece, llega incluso a componer el Yo) próximo al contacto Dios-Feligrés en letanía, que pueda provocar una burbuja de sangre estallar y salpicar más allá del cuerpo musculoso del toro?

¿Se puede explicar desde la proxémica el vals del animal y el humano al son de sus pulsaciones, al son de los gritos de la multitud, a la luz del cielo, la tempestad, el calor y el frío?

¿Inspira al que ve una cogida un optimismo por el morbo de la igualación del combate, o una subordinación en el sentir dramático por el torero? ¿Siente el sufrimiento del toro como su individuación o fin para su existencia? ¿O existe atisbo de ética en contemplar la agonía animal, y por tanto, inflexión en la crítica?

No es noble la tortura, porque elimina el honor y la lealtad. Y la naturaleza, es leal consigo misma, desde la gota que busca el conjunto, hasta el viento que arranca un árbol. Pero es la naturaleza, y lo evidencian los hechos, la que toma las decisiones de violentar.

No es belleza la agonía y muerte prematura de algo que surge para vivir lo máximo posible. No lo es, porque es la vida lo que trae belleza y al Todo, incluido a la muerte. La muerte prematura de algo que nace para vivir lo máximo posible tan solo queda en la misma naturaleza, la que toma las decisiones de violentar. No se encuentran causas para explicar la muerte de un niño por un terremoto, ¡mucho menos se encontrarán para explicar su muerte a manos de un terrorista!

No existe derecho sobre nada, solo obligaciones a tenor de las facultades de cada uno. Todos podemos matar, pero no lo hacemos; la obligación de no hacerlo nace de la facultad que nos vincula a estar obligados, y eso es la vida. Es la naturaleza la que toma las decisiones de violentar, y ofrece señales cuando debemos, siguiendo el ejemplo, matar. Pero es la ética lo que nos proporciona un discurso más noble, porque aporta un aspecto que la naturaleza no tiene: ir más allá de lo que nos corresponde para vivir, más allá de lo debido. Esto es: podemos negar a la naturaleza nuestra vida, en pro a otros, en lugar de matar con razón en vivir.

Por eso la tauromaquia es un arte, porque expresa la lucha del hombre con el medio salvaje en su supervivencia; pero la filosofía de la tauromaquia no es honesta consigo misma y la hace injusta:

-No introduce en su dialéctica primitiva la ética que se alcanza en el final que todos los espectadores ya conocen, y es: el hombre puede dominar o poseer sin necesidad de humillar, someter, torturar, o matar. Ello lo consiguió por vía del servicio; contribuyendo al bienestar de otros y, por consecuencia, de sí mismo.

El hombre, en la tauromaquia, no es honesto consigo mismo porque no ofrece al toro otra espada. Dicho en otras palabras: en un discurso actual en el cual el hombre no tiene que imponerse mediante la violencia a otros seres (incluidos los de su propia raza), sino que lo hace a partir de un servicio a la comunidad, no debe existir una actividad de humillación, tortura y muerte para representar la lucha del hombre contra la naturaleza. Porque, para representar el final (que siempre es el mismo: el hombre gana), basta con dos cosas:

1- Eliminar la tauromaquia. Pero esta opción es, aparte de excluyente, cobarde.

2- Renovar la tauromaquia. No se necesita la tortura, la humillación y la muerte de un animal para hacer arte. Y así se estima, por quitar de la proxémica de la tauromaquia semejantes caracteres, los valores que se transmiten siguen siendo los mismos: un mismo sentir, toro-hombre, uno contra uno, luchando sin herirse hasta insinuar un baile… Fiel metáfora del respeto del hombre, no solo a la naturaleza, sino el dominio de su instinto. Expresar el triunfo en una plaza de toros, antes que expresar la vieja lucha, anticuada, en la que el hombre tenía que matar, y con mayor ajuste e indirecta, “por amor al arte”.

Este discurso, creo, es el acertado para no eliminar la tauromaquia, sino introducirla en el discurso ético y dotar de nobleza y lealtad las causas de los anti-taurinos como los taurinos, y no permanecer en su maniqueísmo de “eliminarlo o dejarlo como está”.