Los arquetipos (I): el burgués

Autor: Andrés Casas//


Éste es el primero de los artículos que me propongo dedicar a esbozar una serie de figuras a los que llamamos «arquetipos» desde la página de En Silencio. El arquetipo tiene una triple naturaleza fundamental: filosófica, psicológica y creativo-literaria. Desde el punto de vista de la filosofía, el arquetipo refleja un patrón que sirve de modelo ideal desde el que comenzar a pensar. En el ámbito de la psicología, la idea de arquetipo se relaciona fundamentalmente con la obra de Carl Gustav Jung, donde es asociado a la imaginación y a la representación de motivos vitales, míticos y religiosos. Por último, en un sentido creativo-literario el arquetipo se asocia con el personaje tipo, un personaje dotado de una serie de rasgos comunes y fácilmente identificables por el lector que le permiten ubicar a los personajes de una determinada obra en modelos generales.

Cuando refiero la posibilidad de introducir una lectura triple del arquetipo me refiero, fundamentalmente, a la capacidad de reunir en una serie de figuras-modelo una serie de rasgos característicos que permitan el pensar idealmente y de manera imaginada personajes a partir de una serie de elementos éticos, psicológicos y literarios. Los arquetipos no hacen referencia a personas reales, sino a modelos creativos ideales a partir de los cuales comenzar a pensar la realidad. Estos arquetipos pueden ser ejemplares (como veremos en el caso del samurái en una futura entrega) o anti-ejemplares (como es el caso que ahora nos ocupa, el del burgués). Pero siempre son modelos ideales e imaginados de conducta.

CUADRO EBENEZER SCROOGEPara pensar cada uno de los arquetipos, yo propongo empezar a construir a partir de un paradigma. Dicho paradigma, como sugiere Giorgio Agamben en su obra Signatura Rerum (Anagrama), consiste en encontrar un caso (un particular) que nos permita, no solamente pensar el caso en sí mismo, sino también todos aquellos casos del grupo al que éste pertenece. Quizás el mejor paradigma para pensar el arquetipo del burgués sea orientar nuestra mirada hacia el siglo XIX, Inglaterra. Allí encontramos como una pujante clase industrial-financiera, probablemente en un inicio de humildes orígenes, iba cobrando un importante papel preponderante en la sociedad, la economía y la política del país. Esa clase industrial-financiera de la Inglaterra victoriana es la que nos va a permitir pensar los rasgos del arquetipo del burgués. La literatura nos ofrece grandes ejemplos sobre los que empezar a tirar del hilo: ahí tenemos por ejemplo al personaje de Ebenezer Scrooge en la novela Cuento de navidad que publicó Charles Dickens en 1843. También tiene reminiscencias en Francia (por ejemplo en obras de Victor Hugo de Honore de Balzac) o en España (por ejemplo en ciertas obras de Benito Pérez Galdós como La familia de León Roch o Lo prohibido que reflejan perfectamente dos formas diferentes de la burguesía madrileña en el siglo XIX).

El profesor Esteban Canales, en su estudio La Inglaterra victoriana (Akal), nos ofrece un esbozo sobre la burguesía real del siglo XIX en Inglaterra. Me gustaría resaltar aquí simplemente un pasaje que resume muy bien el arquetipo del burgués en algunos de sus rasgos fundamentales:

«El credo de esta burguesía, el «ideal empresarial», se basó en las nociones del capital como generador de riqueza, frente a la propiedad improductiva de la aristocracia, la libre competencia, en contraste con el monopolio, el privilegio y la restricción del viejo sistema, y el ascenso social a través del propio esfuerzo. Estuvo acompañado de una moral que exaltó las virtudes de la sobriedad, el trabajo y la vida familiar. Estas posiciones se fundamentaban en una visión simplificada de la economía política, con el énfasis en los mecanismos autorreguladores del mercado, el carácter negativo de la intervención del estado y el progreso implícito en la industrialización, cuyas anomalías en forma de pobreza o desempleo eran imputables a las conductas de los individuos, y en el puritanismo de raíz protestante difundido a través del movimiento evangélico. […] En nombre del nuevo código moral podían condenarse los vicios de la aristocracia: su ostentación, su conducta desordenada, sus transgresiones sexuales, su ociosidad. También podía ofrecerse a la población trabajadora un modelo cuya aplicación le permitiría, a título individual, evitar los males que sufría debido a su comportamiento inadecuado.»

Esta descripción nos permite reconstruir (de manera creativa, pero también psicológica y filosófica) algunos de los rasgos fundamentales del arquetipo del burgués. En las líneas que restan vamos a intentar ocuparnos de ello.

En primer lugar, podemos concebir al burgués como una figura eminentemente materialista. Su preocupación fundamental está en el proceso de acumulación de bienes materiales (dinero y otros enseres) y en la producción de nuevos bienes materiales, con la finalidad de tener cada vez más y más. Lejos de la ostentación y el carácter licencioso del noble aristócrata, el burgués es una figura austera, pero de una austeridad posesiva, acumulativa. Su austeridad no deriva del desprendimiento de los bienes materiales, sino de la avaricia de acumular más y más posesiones. El burgués viene caracterizado en su componente psicológico más profundo por lo que Erich Fromm llamaba la «mentalidad de tener» (¿Tener o Ser?, FCE).

Otro rasgo muy característico de este burgués es su elevado nivel de «moralismo». Su defensa hasta el paroxismo de la vida recta y la convivencia familiar. No es tanto que se trate de una concepción ética y moral profunda, sino un moralismo mal entendido de cara a la galería. El burgués repugna de la vida libertina de los aristócratas, por una cuestión de imagen. Una cosa es acudir todos los domingos a la Iglesia, y otra no poder frecuentar los burdeles de a dos chelines en Whitechapel con tanta o mayor frecuencia que el templo para orar. En el fondo no se trata de que la mujer del César sea honrada cuanto que lo parezca.

BURGUESES SIGLO XIXHay, sin embargo, una ética muy firmemente asentada en el burgués. Es la ética del trabajo. Hay que trabajar, trabajar y trabajar. No trabajar para vivir, no. Vivir por y para el trabajo. Por supuesto, eso debe aplicarse sobre todo a las clases trabajadoras, al que trabaja para él. Es indispensable que el pobre no tenga ocio alguno, pues lo empleará en los prostíbulos y las tabernas en lugar de la fábrica o el campo, lo que dificultará el fin último del buen burgués: ser cada vez más rico. Y es que la conjunción de moralismo puritano y ética del trabajo (y de la ganancia burguesa) siempre se constata en la caridad victoriana, mezcla de limosna al pobre y campaña higienista donde el burgués ayuda al necesitado a cambio de que éste viva la honrosa vida del trabajo y la oración, abandonando el alcohol y otros elementos de vida poco honestos (ver Gilles Lipovetsky, El crepúsculo del deber, Anagrama, en concreto la primera parte).

El arquetipo del burgués es el de un personajillo bastante gris, vacío y plano. Carece de un verdadero carácter, que ha quedado corroído por sus necesidades permanentes de lucro, a lo que sacrifica todo lo demás, no importa cuan grande y glorioso sea. Recogido en su oficina, libreta en mano, cuenta día a día las pérdidas y ganancias en una hojita de papel, maquinando nuevas formas de obtener más y más. Pero nunca está contento. Envidia al aristócrata, que vive en el dispendio y la vida ociosa y despreocupada. Pero es incapaz de admitirlo, su mente ya no se lo permite. Envidia también al modesto obrero, que no necesita estar ocupado todo el día entre los libros de contabilidad preocupándose continuamente de los mejores modos de ganar en un mercado. Públicamente los vitupera y muestra su cara de asco ante el ocioso noble o el simple trabajador. Sin embargo no puede evitar envidiar sus existencias, pues tienen algo que el triste burgués jamás tendrá: cada uno, a su modo, tienen una existencia plena y realizada.

Volvamos a la imagen de Ebenezer Scrooge, prototipo mismo del burgués. El genial Charles Dickens lo describió así: « El frío de su interior le helaba las viejas facciones. le amorataba la nariz afilada, le arrugaba las mejillas, le entorpecía la marcha, le enrojecía los ojos, le ponía azules los delgados labios; hablaba astutamente y con voz áspera ». Todo un burgués, este tal Scrooge.

En la próxima entrega, veremos un arquetipo totalmente diferente. Frente al frío y vacío materialismo moralista y amoral del burgués, observaremos el honor y valor del arquetipo del samurái. No os lo perdáis.