Nietzscheanos de derechas

Autor: Andrés Casas//


Friedrich Nietzsche, como todos los grandes filósofos y pensadores, es susceptible de lecturas diversas e interpretaciones divergentes de su obra y pensamiento. No en vano sus planteamientos han sido objeto de polémicas casi sin fin desde que fueron escritas. Así, por ejemplo, el filósofo francés Michel Onfray ha destacado en algunas de sus obras (por ejemplo en La fuerza de existir, en Política del rebelde, o en Fisiología de Georges Palante) la existencia de una corriente dispersa, el llamado «nietzscheanismo de izquierdas», que aglutina a una serie de autores entre los que podemos destacar, en las últimas décadas, a pensadores como Michel Foucault, Gilles Deleuze, Felix Guattari, Jacques Derrida o Pierre Bourdieu entre otros. Frente a esa tradición, yo quiero hablar aquí de una corriente que hace una lectura diferente, y que por oposición voy a llamarlos «nietzcheanos de derechas», muy ligados a las ideas del «suprahumanismo» y el «transhumanismo». Nombres como los de Peter Sloterdijk, Stefano Vaj, Alain de Benoist, Guillaume Faye o Julius Evola pueden asociarse perfectamente con esta tradición.

Nietzscheanos de derechasUno de los ejes fundamentales de estos «nietzscheanos de derechas» es el planteamiento antropotécnico, como mediante la introducción biopolítica de las nuevas tecnologías y procesos de ingeniería celular y genética, la «condición humana» puede ser llevada a nuevos límites de mejora. El objetivo es alcanzar una superación del hombre, y del humanismo que ellos desprecian, gracias a la técnica y la ingeniería biotecnológica. Procesos de eugenesia y selección genética, transformación tecnológica de las partes imperfectas de la humanidad y otra serie de proyectos «transhumanistas» se harían posibles y deseables con la llegada de una esperada «Singularidad» biológica o tecnológica. Nada estaría fuera del alcance de los «elegidos suprahumanos». Las reminiscencias de las que bebe esta idea, seguramente no sea preciso mencionarlas porque a todos nos viene a la cabeza la amenaza que representa. Especialmente llamativo es el caso de la propuesta de «parque humano» de Peter Sloterdijk:

En el «parque humano» del señor Sloterdijk por fin hemos sido todos reducidos a la condición de «musulmán». El mero sacer se nos ha quedado ya muy grande, y por lo tanto ya solamente podemos aspirar a ejercer un papel, el de cobayas humanas, que nos permita ser dignos de atención. Criaturas que han perdido no solamente la voz sino también el rostro de la alteridad. El campo es el espacio que se abre cuando el estado de excepción empieza a convertirse en regla (Agamben). El «parque humano» es un gran campo, uno en el que no hay distinción entre adentro y afuera.

Frente a la propuesta de hacer perdurar nuestra vida y nuestros cuerpos durante unos mil años en perfecta forma y condición, lo que se introduce es la creación de genuinos «cyborg» de fabricación humana en un auténtico terreno abonado para el triunfo último de la «Tanatopolítica». El confín último quedará abierto: hombre, animal y máquina entrarán para siempre en un umbral de indistinción permanente. La existencia del viviente, finalmente liquidada. A cambio, un código binario, un «Frankenstein» de cables y modificaciones mutantes. ¿Un logro de la «Humanidad»? No, la muerte del humanismo. Sloterdijk y sus muchachos lo habrán conseguido. Y todos los demás habremos perdido. Auschwitz II. Auschwitz corregido y aumentado. Y ya sin voz y sin rostro, sin lágrimas, solamente con los impulsos eléctricos a través de los cables y con ojos color arcoíris.