R.I.P por el capitalismo popular

Autor: Tácito//


Uno de los fenómenos económicos con un trasfondo social más interesante en las dos últimas décadas de España ha sido el denominado capitalismo popular. El término se originó en Estados Unidos y alude al paulatino cambio en la propiedad de las grandes corporaciones americanas, que pasaron de ser propiedad de las familias burguesas tradicionales a serlo de sus trabajadores mediante planes de pensiones. Planes impulsados por las propias empresas con el objetivo de lograr los rendimientos económicos suficientes como para financiar las pensiones de los empleados, quienes dependen de la propia empresa al no existir en Estados Unidos un sistema de seguridad social como el de las democracias sociales europeas.

Con anterioridad al proceso de privatizaciones que acometió España en los años noventa bajo el gobierno de Aznar, una buena parte de las grandes empresas monopolísticas era propiedad del Estado y los ahorros de la inmensa mayoría de los ahorradores españoles se colocaban en productos de bajo riesgo pero también escasa remuneración real (esto es, una vez descontada la inflación), como depósitos o activos inmobiliarios.

PIRAMIDE CAPITALISMOTodo eso cambió cuando se puso en marcha el último acto económico del proceso de incorporación de España en Europa. Para armonizarnos con el resto de Europa fue necesario realizar no sólo un proceso de desregularización de sectores como el industrial o el bancario, sino de privatización de los grandes monopolios públicos.

Para realizar ese trasvase de propiedad de manos públicas a privadas se eligió en muchas ocasiones la fórmula de la «OPV», esto es, de la Oferta Pública de Venta de acciones. Se trata, ni más ni menos, de la venta de las acciones propiedad de la empresa mediante una oferta dirigida fundamentalmente, aunque no sólo, a los pequeños ahorradores.

La razón oficial para usar esta fórmula consistía en que así se modernizaba la ineficiente estructura del ahorro de los españoles, haciéndoles participar de la propiedad de las grandes empresas y por lo tanto del crecimiento a largo plazo de la economía, a semejanza de los ahorradores en otras economías de tradición anglosajona.

Sin embargo, este articulista sospecha que, además del muy loable motivo antes esgrimido, existió una conjunción de factores menos afortunados. Porque la división de la propiedad de las grandes empresas ex-públicas en millones de pequeños paquetes, literalmente, impedía una eficaz gobernanza corporativa. Al contrario que en el caso de los grandes propietarios, que vigilan de forma muy rigurosa y profesional la gestión de sus inversiones, los gestores de estas empresas pueden lograr de una forma más sencilla la abstención de pequeños accionistas quienes en ocasiones pueden delegar, cual modernos Esaús, su voto en la junta de accionistas a cambio de un artículo de regalo como relojes (no precisamente de la marca Rolex), bombones o un chubasquero. Proceder que siempre me ha recordado al que recoge el imaginario popular según el cual los conquistadores europeos intercambiaban con los indios objetos de gran valor por piedras con brillo, pero sin ningún valor.

Una base de pequeños ahorradores nacionales con una visión de «comprar y acumular» es un soporte de accionistas muy estable que, junto con medidas como la «acción de oro» (capacidad del Gobierno de impedir ciertos acuerdos de los accionistas supuestamente contrarios a los intereses nacionales), disuadían a fondos y empresas extranjeras del intento de toma de control. Al fin y al cabo, la propiedad de las empresas es muy similar al negocio de la seguridad en los hogares: no es necesario una buena seguridad real, sino que quien la va a robar elija otra casa porque le parezca más vulnerable.

ECONOMIA CIVILIZACIONFinalmente, esta versión del capitalismo popular también se vio favorecida por el beneficio que representaba para los intermediarios del sistema, fundamentalmente los bancos y cajas de ahorro. Los bancos descubrieron que la colocación de estas emisiones de acciones o deuda era un suculento negocio. Dependiendo del tipo de emisión y empresas, los bancos cobraban comisiones de colocación de hasta un 5% del importe a las empresas en venta, sin arriesgar un duro, porque su papel era de pura intermediación. Otro beneficio adicional para las entidades financieras consiste en que las acciones o deuda colocadas son valores que generan también costes de mantenimiento y custodia. Un negocio redondo, sobre todo en los años en los que había un exceso de liquidez y los bancos no necesitaban que ese dinero estuviera en depósitos.

El problema fue que este proceso, comenzado con gran éxito en las primeras oleadas de privatización de empresas (por ejemplo, Telefónica, Endesa o Repsol, sólo por mencionar algunas de las joyas del sector público en la época), se vio seguido por otra serie de emisiones desde los años 2000 donde la asimetría de información entre el vendedor (la propia empresa, que se autovende, en definitiva) y el comprador era enorme. Las emisiones venían, como en las ocasiones anteriores, avaladas por un intermediario de gran confianza para el pequeño ahorrador, los bancos y las cajas. Las OPVS de esta época tuvieron resultados muy dispares, con algunos éxitos y grandes fracasos como fueron Terra Networks, Iberdrola Renovables, Realia etc, en los que el confiado inversor perdió una buena parte de su inversión.

Probablemente el epítome de este procedimiento de colocación apalancada sobre la confianza que generaban los empleados de las sucursales financieras en sus clientes ha sido el caso de las preferentes emitidas por las cajas de ahorro antes de fenecer. En él se han producido ejemplos de mala praxis palmarios, tanto por el tipo de cliente al que se convenció para invertir, como por la falta de transparencia en la información aportada.

La reciente sentencia de un tribunal de Bilbao sobre el caso de las preferentes Eroski puede ser la puntilla de este mecanismo de venta minorista de participaciones empresariales. En dicha sentencia el tribunal ha condenado a BBVA a devolver a quienes habían contratado las Aportaciones Financieras Eroski (que eran una emisión de deuda perpetua) las aportaciones realizadas.

El producto en cuestión es difícil de valorar y de un nivel de riesgo intrínseco alto ya que la deuda perpetua, también conocida como acciones preferentes, es un tipo de deuda que -como su nombre indica- no tiene plazo de reembolso (al igual que las acciones, de ahí su segundo nombre) y mediante el cual la empresa emisora se compromete a pagar un interés (cupón para los clásicos) todos los años que obtenga beneficio, con preferencia al pago de dividendos a los accionistas (de ahí el nombre de preferentes). En los años en los que no lo obtiene se ahorra este coste, lo que no podría hacer si se tratara de una deuda tradicional (el impago de las deudas tradicionales sólo cabe en el caso de quiebra de la compañía).

Tiene, por lo tanto, un carácter híbrido, pues no es pura deuda en cuanto tal pero tampoco capital, presentando características de ambos. Al carecer de plazo de amortización, la única vía para recuperar la inversión queda al arbitrio del emisor bajo ciertas condiciones (e.g. en muchas ocasiones a voluntad del emisor a partir del quinto año) o al albur del mercado secundario (como las acciones «tradicionales»). El problema de la deuda perpetua es que normalmente hay poca liquidez en esos valores y el comprador se encuentra en una posición de fuerza para exigir al vendedor un descuento.

STOCK EXCHANGESegún esta sentencia, la entidad obligada a devolver el dinero que no tiene ni tuvo nunca, ya que fue mera intermediaria, pasa a convertirse a la fuerza en acreedor de Eroski. Eso en mi pueblo no es intermediación.

La sentencia parece bastante salomónica, ya que es posible que en algunos casos se haya producido alguna venta incorrecta, pero lo razonable parecería imponer una multa, no la restitución de un dinero no recibido por el banco. A pesar de esté pensada para proteger los intereses de los pequeños ahorradores, puede tener importantes consecuencias, no sé si bien previstas, sobre la economía española.

La primera es que el edificio sobre el que se ha construido toda esta etapa del capitalismo popular en España quedará en entredicho, ya que el coste exigido por las entidades para colocar acciones o deuda será tan prohibitivo -por el potencial quebranto legal asociado- que aquéllas sólo estarán interesadas en colocar su propio capital. El Estado será un damnificado más pues los costes de continuar el proceso de privatizaciones pendientes (por ejemplo, Bankia, de nuevo, AENA o Loterías del Estado) serán mucho más altos.

La segunda es que el legítimo deseo de los pequeños ahorradores de acceder a inversiones que les permitan ganar un diferencial real a sus ahorros, tan importante en una época en la que los salarios están congelados cuando no a la baja, se verá muy restringido por la falta de oferta. Cuando se normalice la economía y las bolsas suban (como así confío que suceda algún día), serán los más ricos los más favorecidos, aumentando aun más las diferencias sociales.

Requiescat in pace, capitalismo popular.