Título: Sobre la paz perpetua

Autor: Immanuel Kant

Editorial: Akal, 2012


En el año 29 a.C. Augusto cerraba las puertas del templo de Jano y daba comienzo la pax romana que durante dos siglos regirá la vida política del Imperio. Si bien es cierto que durante este período se sucedieron numerosos conflictos en Roma (sobre todo en el convulso año 69 d.C.), se trató normalmente de hechos aislados y la dinámica general fue de la mantener la paz y el equilibrio interior. Tras la caída de los Antoninos y el inicio de la decadencia, sin embargo, las guerras se suceden y el continente europeo se verá acechado por continuos enfrentamientos, entre sus propios pueblos o contra amenazas externas, hasta casi dos milenios más tarde.

En este contexto de perennes guerras, sólo a partir del siglo XVI y XVII se empiezan a regular las relaciones entre los Estados. El ius commune gentium (el Derecho de Gentes) ideado entre otros por Francisco de Vitoria, Pufendorf o Grocio, servirá para articular un cierto sistema de convivencia entre las distintas potencias y, de este modo, crear un marco supranacional de organización cuyo máximo exponente fueron los congresos (Westfalia, Viena) y los grandes tratados de paz. Habrá que esperar hasta la irrupción de la Ilustración y su fe en el progreso del ser humano para que se planteen ideas sobre una sociedad global que viva en armonía.

Immanuel Kant, que vivió de cerca la Revolución francesa (su debacle) y la llegada de Napoleón al poder, también reflexionó sobre la mejor forma de organización política, la historia y las relaciones internacionales. Plasmó sus pensamientos en un breve libro que denominó con el apropiado título Sobre la paz perpetua*. Esta obra, una de sus últimas, se estructura en dos bloques: por un lado trata de encontrar un marco en el que los distintos Estados puedan convivir en paz, a cuyo efecto impulsa la creación de una gran federación entre ellos; por otro lado, y estrechamente ligado a lo anterior, ahonda en cuál es la mejor forma de gobierno, concluyendo que el único sistema viable que permitirá la paz es el republicanismo (no entendido como la ausencia de un monarca, sino como un sistema representativo contrapuesto a la democracia y al despotismo, en el que impere la separación de poderes entre el legislativo y el ejecutivo).

La visión que Kant tiene de las relaciones entre los Estados se asemeja a la que inspira la tesis sobre el estado de naturaleza planteada por Hobbes: si bien no existe una constante guerra, hay una amenaza de que se desencadene en cualquier momento. La paz, por tanto, no es algo intrínseco del hombre sino que debe ser “instaurada” y para ello es preciso conformar una unión de Estados hasta alcanzar un Estado mundial, cosmopolita.

Aunque nos llevaría más tiempo explicar con detalle los matices que Kant formula sobre el Derecho de Gentes, sobre la influencia de la historia en este proceso y las observaciones que realiza respecto de la guerra y las relaciones internacionales, al menos es preciso enumerar las condiciones indispensables que, a su juicio, han de producirse para acercarse a la situación de paz general: debe prevalecer el principio de buena fe en los acuerdos alcanzados entre las diversas potencias (por ejemplo, con ausencia de cláusulas secretas en los tratados); la constitución civil de los Estados debe ser republicana; el Derecho de Gentes ha de basarse en el federalismo y el principio general que rige en el nuevo Estado resultante es el derecho de hospitalidad.

Una vez aclarado el camino (que el propio Kant reconoce como difícilmente alcanzable), el filósofo alemán analiza cuál sería la mejor forma de gobierno. La premisa inicial es que la política está fundada en el Derecho. Años antes de publicar Sobre la paz perpetua ya había elaborado una Declaración de Derechos, que ahora vuelve a retomar. Los derechos básicos del hombre, de esta manera, serían: el principio de la “libertad de los miembros de una sociedad, en cuanto hombres”; la igualdad como sujetos ante una misma Ley moral, y el derecho a ser “ciudadano”, es decir, “la independencia de cada miembro de la comunidad, en cuanto ciudadano”. Y en cuanto a la mejor forma de gobierno, opta por la republicana, cuya premisa indispensable es que se encuentre asentada en un sistema representativo donde la separación de poderes sea efectiva. Sin estos requisitos es inevitable caer en el despotismo.

La influencia del pensamiento kantiano en la filosofía occidental es patente, como lo es en la forma de concebir las relaciones internacionales y las organizaciones supranacionales. Kant fue uno de los primeros en predecir que la única manera de lograr una cierta estabilidad entre los Estados era conformar entidades que supervisasen su actuación, tal como hoy, en cierto modo, sucede. Aunque, también al igual que en nuestros días, Kant se mostraba pesimista acerca de la realización plena de sus propuestas (sólo es preciso ver, siglos después, el funcionamiento de la ONU para caer en el escepticismo).

*Publicado por la Editorial Akal, 2012.

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