Sobre la pereza como virtud social (I)

Autor: Francisco José Navarro Sanchís//


Desde que, hace unos meses, reanudé la afición de escribir por puro placer, casi por necesidad, se me va la mano y a veces me pongo a divagar sobre política o incluso otras extravagancias. Pero el escritor, según regla moral al uso, debe comprometerse con su tiempo, cualquier cosa que esto signifique. Por esa razón, aun aceptando a efectos polémicos que yo ostente tal condición, me propongo escribir, en términos de alabanza, sobre la pereza.

Ya sé que el tema es vidrioso y ofrece riesgos evidentes de ser malentendido, porque se trata de una actitud vital que goza de una tradicional mala fama entre las personas virtuosas, pero uno de los empeños indesmayables del escritor debe ser el de arrumbar los tópicos al uso, aun a riesgo de ser condenado al ostracismo por sus semejantes. Además, la pereza es tendencia natural a la que me inclino, de manera que me conviene verla con buenos ojos y resaltar sus notables ventajas personales y sociales. Si Thomas de Quincey consideró el asesinato como una de las bellas artes, nada habría de censurable en reputar la gandulería como algo benéfico y recomendable.

LA SIESTA VAN GOGHSoy consciente de que el título perfecto para este opúsculo, el de Elogio de la Pereza, ya me lo madrugó Tom Hodgkinson. Esto me obliga a aclarar que no hay nada peor para quien pretende escribir que el plagio culposo o fortuito, esto es, eso que tristemente te sucede cuando tienes una idea genial y luego descubres con desolación que alguien ya la tuvo previamente. El libro de Hodgkinson, que no he leído, tiene como subtítulo el de El manifiesto definitivo contra la enfermedad del trabajo. ¡Caramba, qué profundo! Ahondando en el tema, un amigo me recuerda el libro de Paul Lafargue -yerno de Marx-, más reivindicativo aún y, cabe suponer, más grave, titulado El derecho a la pereza. Finalmente, Bertrand Russell publicó su Elogio de la ociosidad, que sólo comparte con mi modesta aportación una remota asociación de ideas, porque Russell era un señor que se tomaba las cosas muy en serio. En definitiva ¡cuánta diligencia ha motivado la pereza!

Voy a escribir, pues, sobre la pereza, pero en mi tono informal de siempre. Es decir, que voy a escribir perezosamente sobre la pereza. Ésta tiene mala prensa porque la gente es muy hipócrita y se ha acostumbrado a encomiar la laboriosidad, la dedicación al trabajo, el madrugón y la hiperactividad. Ciertos símbolos engañosos logran embaucar a los más incautos: esos supuestos ejecutivos que se desplazan espasmódicamente gritando a un interlocutor real o supuesto desde su aparato portátil (que la gente suele llamar erróneamente móvil, como si fuera un semoviente, esto es, una oveja o ciertos presentadores de televisión); o esos jefes irritados, con aspecto de ir a perder un tren, dando compulsivamente órdenes a sus afligidos subordinados; o los conocidos que se te quejan continuamente de que no les da tiempo ni a respirar. Debo admitir que, no de una manera permanente pero sí esporádica, yo mismo he incurrido en esa impostura, exagerando la gravedad de mis ocupaciones.

Por lo general, todos somos vocacionalmente vagos. Puede que haya alguna excepción, como en todo, pero la tendencia natural a la holganza ya estaba presente en el paraíso terrenal. Adán y Eva, antes del desafortunado incidente de la manzana, fueron los primeros practicantes de la inactividad perezosa. Lo que pasa es que, a contrapelo de esa vocación innata, de esa marca de nacimiento, en los tiempos actuales predomina una especie de puritanismo como pauta de conducta social, que ve mal y afea determinados comportamientos que se juzgan contrarios al bien común.

Conforme a esa tiranía de lo políticamente correcto, que crece imparablemente y se va imponiendo de forma irrevocable, fumar es de sádicos y truhanes; estar gordo es propio de parásitos que acaparan para sí la atención sanitaria y su presupuesto; ser feo es responsabilidad del titular de la cara correspondiente y, finalmente, la gandulería es un vicio nefando. Se prefiere a la abejita obrera que al zángano. Por eso mismo, el modesto -y al tiempo, atrevido- propósito de este trabajo es denunciar ese injustificado tópico, reivindicar al vago y poner de relieve la notable función social que cumple, injusta e irreflexivamente menospreciada.

La verdad sea dicha, para abordar con rigor el tema es preciso sentar algunas consideraciones iniciales: si yo elogio la pereza no es porque propugne una comunidad humana ideal integrada sólo por desocupados apacibles, precisamente porque resultaría inconcebible, como toda utopía. Además, tampoco defiendo al flojo de remos, al que se piensa varias veces levantarse de la cama, al vago puramente físico que no puede con su alma, al que se aguanta las ganas de trabajar… Lejos de este sentido rácano de la vagancia, proclamo mi adhesión a la pereza intelectual.

LA SIESTA SOROLLAEn el catecismo nos enseñaban que la pereza es uno de los siete pecados capitales y que su contrapecado, su antídoto, era la diligencia. «Contra pereza, diligencia», me decían. De pequeño, recuerdo la perplejidad que me causaba tal apotegma, ya en esa tierna edad donde se van asimilando los conceptos y ocupando bien o mal su lugar en el cacumen, de que la pereza fuera mala y la diligencia llamada a combatirla -que yo representaba en forma de carruaje-, fuera buena.

Y eso que los católicos, no sólo en nuestro comportamiento personal, sino en la moral pública de nuestras comunidades, transigimos más con la pereza que las sociedades protestantes, donde el éxito social, basado en la laboriosidad incansable es, a la inversa que en España, signo de bondad y de prestigio entre los conciudadanos. Alguien que no tiene éxito no es digno de confianza. En los países anglosajones o de la Europa central y septentrional, el puritanismo es una nota distintiva que se funda, en mi opinión, en la lucha contra tres lacras infamantes, tres tabúes: la mentira, la lujuria y la pereza.

Sin embargo, no querría ahora exhortar moralmente a que todos (o al menos el reducido y no obstante selecto grupo de mis lectores) nos diéramos a la pereza como epicentro de nuestras vidas. Sí que me inclino, sin embargo, por una manera de vivir conforme a la verdad, la razón y la naturaleza, al modo estoico. Aunque pueda resultar paradójico en una improvisada lectura de mis palabras -acaso por la impericia al redactarlas-, lo que vengo a defender es que ese modo de «vivir» naturalmente, como quería Diógenes el cínico, probablemente el primer anarquista o, al menos, pasota de que hay noticia, entraña una vuelta a la pereza en sus diversas formas y grados de manifestación, salvo las más espurias, como fuente de íntimo placer personal y como pauta segura de buen comportamiento social.

Porque, en realidad, no hay una sola pereza, sino varias, incluso falsas perezas. Entre estas últimas esta el denominado ocio creativo, infame concepto que se caracteriza por no ser ni ocio ni creativo. También es falsa pereza la inercial inactividad posterior al trabajo o, para ser más exactos, posterior a la estancia cotidiana en el centro de trabajo, que quema mucho. Tampoco es pereza stricto sensu la quietud forzosa de quien está enfermo o momentáneamente impedido para llevar a cabo su rutina vital, como quien viaja y, pese a que no puede trabajar, dedica su tiempo y su energía a planificar, añorar o vituperar su profesión u oficio. Una lástima.

Por el contrario, el perezoso es vocacional. Como antes hemos adelantado, nuestro personaje, nuestro remolón canónico saca a flote lo mejor de la historia del hombre, recupera el ser natural, sepultado por la laboriosidad sin sentido ejercida durante milenios. El haragán es un individuo escéptico que viene de vuelta de la vorágine en que se ha convertido el mundo de hoy -aunque no haya experimentado camino de ida alguno- consciente de la inutilidad de la excesiva y atolondrada ocupación.

Aunque esto parezca poco serio, nadie discutiría que se podría aprovechar mejor el tiempo empleado en la actividad, digamos, productiva, si se le dedicara la mitad de las horas. El resultado sería más o menos el mismo y todos estarían más contentos. Trabajar excesivamente es nocivo y perturbador, no sólo para el trabajador, sino para quienes le rodean y, en general, para la sociedad. Y no hay tiempo más lamentablemente perdido que aquél que, no siendo ocio, esto es, no siendo querido y buscado como tiempo de no hacer nada, se inserta indisolublemente en la jornada laboral, extendiéndola de forma inútil y enojosa: llamadas telefónicas absurdas; reuniones interminables donde se llega a no decidir nada; dedicación al jefe maniático que necesita del halago como alimento con que compensar la falta de talento y que, para recordarte constantemente la pirámide jerárquica, te entretiene con monsergas que no te interesan lo más mínimo…

También en el mundo de la función pública se pierde mucho el tiempo, pero esa pérdida no es pereza en el sentido que aquí se preconiza, porque no es placentera. Te la provocan esos imponderables de cada día que te hacen más incomprensiblemente tediosa la carga cotidiana que te ha sido asignada. Si la improductividad derivada de la mala organización se da en menor medida en las administraciones públicas es porque la jornada laboral, como es sabido, puede ser flexibilizada por una inveterada práctica contra los reglamentos. Pero también se da aquí, y cada vez más, esa irreparable pérdida de tiempo en reuniones, jerarquías, llamadas, jefes que te recuerdan lo que son -o dónde están- constantemente.

HOPPER PEOPLE ON THE SUNDe hecho, la alusión al funcionariado es un clásico entre los estudiosos de la ociosidad como fenómeno social, precisamente porque el funcionario refleja, tal vez de un modo injusto, la imagen tópica de la vagancia y la lasitud, aunque hay que tener en cuenta que entre los empleados públicos y los privados hay de todo: gente que trabaja, gente que no trabaja y una notable mayoría de gente que dice que trabaja. Pero el funcionario es tratado de forma poco caritativa cuando se le asocia con la vida muelle, la incuria y la práctica de la papiroflexia en horas de oficina o, para ser más modernos, con el buscaminas o los solitarios que nos deparan las pantallas del Sr. Gates.

Para deshacer los equívocos y los lugares comunes que circulan al respecto, diré que la papiroflexia no sólo no es censurable como actividad laboral (podríamos decir ocupacional para que parezca que entendemos la jerga científica al uso), sino que constituye una dedicación altamente recomendable, ejercida con moderación en el puesto de trabajo, no sólo para quien la practica sino para la administración empleadora, que minimiza así su potencialidad arbitraria. Para el funcionario, la papiroflexia estimula el ingenio, favorece la memoria, activa la coordinación de los dedos, mejora la atención y la concentración, fomenta el gusto por la figura modelada y, en general, por las cosas bien ejecutadas y, finalmente, ejemplifica la insignificancia propia de la tarea que le ha sido encomendada.

Hasta tal punto es importante la papiroflexia como instrumento al servicio de una sana y bien orientada política sociolaboral, particularmente en el campo de la función pública y, más señaladamente si cabe, en el de la Administración de justicia, que el rendimiento de las oficinas mejoraría si los funcionarios dedicaran la mitad de su jornada neta -resultado de descontar, del horario teórico o ideal, que realmente se desconoce, algunas mermas pasajeras del quehacer, como las salidas a desayunar, las conversaciones telefónicas o las urgencias para exonerar la vejiga- a la práctica de la papiroflexia, solución que, además de relajar al funcionario tenso que la practica, repercutiría en beneficio de los demás compañeros, pues el bienestar y la quietud de cada uno de ellos conducen a la beatitud y a la armonía del conjunto.

Por la papiroflexia u otra actividad sustitutiva de análoga significación, se transformaría en bálsamo suave y agradable la habitual crispación que coloniza las dependencias públicas, con éxito para la resocialización de algunos funcionarios desorientados que tratan de encontrarse a sí mismos a través del medio laboral -aunque la búsqueda no haya sido particularmente intensa-. Esta iniciativa, además, encontraría el coronamiento y perfección de su genial ideación si se empleara, en el ejercicio de esta noble y antigua dedicación, no simple papel en blanco, sino algunas actuaciones procesales en curso, escogidas al azar, ahora que el ambicioso proyecto digitalizador ha propiciado, en su ejecución, grandes excedentes de papel repetido.

Allí donde hay funcionarios, hay políticos. Incluso algunos hay que reúnen las dos condiciones en su persona. Algún día, por nuestros méritos, mereceremos no tenerlos, como deseaba Borges. Con error disculpable, atribuible a desatención, se ha pensado que los políticos practican la pereza, pero se trata de un infundio. La razón del diagnóstico equivocado obedece a la inmediata impresión, no tamizada por el debido sosiego y reflexión, de que, por observación directa, el político aparenta no saber hacer nada, lo que, sin dejar de ser de alguna manera cierto, no nos sirve como ejemplo de pereza. El político puede que no sepa hacer nada, valga como tesis que aceptamos a los puros efectos dialécticos, pero ello no significa que el político no haga nada o, por mejor decir, que no quiera hacer nada, presupuestos de los que nace el ocio como encomiable virtud.