Sobre la pereza como virtud social (Y II)

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Autor: Francisco José Navarro Sanchís//


Es ahora, tras lo escrito, el momento de decir que la pereza, tal como la entiendo, no equivale a inactividad. Tampoco a inutilidad personal para desarrollar actividad laboral o profesional alguna, en cuyo caso la dedicación a la cosa pública podría ser una recomendable vía de encauzamiento vital, pero ello no significa que el político sea vago en el sentido descrito. Antes al contrario, el político es el ser menos vago de la creación. Las pruebas de esta tesis son infinitas, pese a lo que pueda parecer, pero baste ahora con reseñar que la galbana que se predica aquí viene a ser una actividad noble, placentera y, sobre todo, inofensiva.

No sólo en el campo de batalla político, sino en cualquier otro de orden profesional, empresarial, incluso deportivo -éste aún más apto para las metáforas de orden bélico-, se evidencia la certeza de este aserto. El hombre de hoy -y la mujer- en su frenesí partidista, en su vorágine de agenda, en su torbellino existencial, en su vano sinvivir, recrea una serie de signos aparentes de actividad.

Así, un jefe dado, escogido al azar, enreda, manipula, miente, habla por teléfono, se reúne, miente otra vez, se reúne de nuevo, habla con uno y con otro, no para, en suma. Este frenético y atolondrado personaje, epítome de nuestro melancólico tiempo, no sólo concibe ideas extravagantes sino que, asombrosamente, pretende llevarlas a la práctica. No para un minuto, no se detiene, no descansa, no piensa, se reúne consigo mismo, telefonea y se agita. Es, como decía el famoso J.B. Toshack, entrenador y filósofo reputado, como un pollo sin cabeza: un ser volcado a una actividad de vértigo que le lleva mucho tiempo y de la que ya no se acuerda para qué sirve, aparte la satisfacción de las necesidades alimenticias propias y de la innúmera familia. Nada que ver, por tanto, con la ociosidad, que no hace daño a nadie.

Tras este breve excursus, retomamos el hilo argumental y, poco a poco, como aproximándonos a la verdad en círculos que no tienen prisa en acometer el núcleo, vamos perfilando la figura del gandul como modelo ejemplar. El siguiente paso es el de desmentir otra de las creencias firmemente asentadas y, sin embargo, falsas, cual es la de que la pereza requiere no hacer nada. Esto es una verdad relativa y, por tanto, equívoca. Quienes apelan al dolce far niente parecen interpretar que lo que dice el adagio italiano es que no hacer nada es algo per se dulce, agradable o hermoso.

Pero siendo ello así, no es el hecho de no hacer nada lo que configura la holganza como virtud, sino la perspectiva con que se hace o no se hace alguna cosa. La inactividad del vago recalcitrante e inamovible, del flojo integral e irreductible, no deja de ser pereza, de eso no cabe duda alguna, pero no la pereza que trato de reivindicar y a la que me adscribo de forma entusiasta.

Para ilustrar lo que pretendo decir, el ideal del holgazán puede transmitirse apelando a dos expresiones que todo el mundo entenderá: la de írsele a uno el santo al cielo y la de pensar en las musarañas. ¡Qué gozosa evocación de esas adorables manifestaciones de la molicie y la indolencia! ¡Qué acertada síntesis expresiva!

A uno se le va el santo al cielo cuando, de manera impremeditada y en el curso de algún quehacer necesitado de una mínima concentración, desatiende por un momento el objeto de su ocupación y se entrega sin límites a una ensoñación feliz que, breve o larga, le libera de la pesadumbre que le proporciona a diario la vida. Esta desconexión, si no se abusa de ella, sólo puede constituir una fuente de beneficios psicológicos e incluso físicos para el ensoñado, sin que sean apreciables, por el contrario, efectos nocivos para los que le rodean o para la sociedad -hoy día, la jerga politiquesa se vale de atroces locuciones como «la ciudadanía», «el conjunto de la sociedad» (sic) o «la sociedad civil», no se sabe si por contraposición a la penal o a la militar-.

Lo de pensar en las musarañas es una tarea más intensamente perezosa, en la medida en que, por lo común, se puede practicar no sólo de modo episódico, como en el caso anterior, sino de forma sistemática y premeditada, lo que permite una continua mejora de la técnica, el entrenamiento metódico y la práctica habitual, siempre que, como el lector perspicaz habrá advertido, esa preparación y adiestramiento para pensar en las musarañas de forma ascendentemente perfeccionada no entrañe una carga u obligación penosa para su protagonista.

Pensar en las musarañas requiere, además de musarañas, de una mayor precisión y si se quiere, predisposición de ánimo, pero la actividad misma ha de ser tan libre como la de volar para un pájaro o una mariposa, pues es esencial la idea de dejar vagar el pensamiento por rutas incógnitas y bellas, enlazando al libre albedrío unas imágenes con otras, sin más orden que el determinado por la casualidad.

En suma, para dar profundidad a nuestra reflexión y contentar al lector más exigente -que ya habrá empezado a mostrar signos de impaciencia- hay que decir que no se trata la pereza o desgana de un simple no hacer pasivo, en el sentido de mera abstención u omisión, porque el simple no hacer, a mi modo de ver, no puede proporcionar satisfacción alguna, a menos que intervenga la conciencia del no hacer, unido a la voluntad de no hacer (metafísico ¿no?). La haraganería es hermosa únicamente cuando constituye un fin en sí misma. La contemplación monástica y la especulación filosófica, como a continuación veremos, son actividades de impagable valor humano y divino, pero no ejemplos de pereza.

Nada tan encomiable y delicado para mí como la vida contemplativa a que se consagran los monjes, dedicados sólo a la meditación, el rezo y el canto gregoriano. Esa es, al menos, la visión que, desde fuera y sin un ánimo de exactitud y profundidad, tenemos del cenobio, ordenado por reglas como la de San Benito, el ora et labora. Sin embargo, hasta ese trabajo huertano o manual se nos antoja dulce, ejecutado sin tensión inútil, espiritual. No proporciona placer, sino paz interior, no satisfacción y disfrute, sino plenitud y armonía.

Por tal razón, no es la vida contemplativa una forma de ociosidad o vagancia al modo en que yo la concibo. De una parte, porque sería grave imprudencia la de imputar un pecado capital, gratuitamente, a quienes se alejan del mundo para alcanzar sosiego y ofrendarlo, de vuelta, al propio mundo. De otro lado, porque la contemplación espiritual, aún en su más intensa faceta mística, en modo alguno se asemeja a la holganza que, aun siendo también virtuosa, lo es de una manera más contingente y modesta, no tocada por tan altas miras espirituales.

Otra noble elevación del pensamiento, la de los filósofos, tampoco nos sirve de patrón, pues aunque en su tarea incesante de explicar al hombre, al mundo, al pensamiento, a la vida, se abandonan a la especulación y, con ella, a la abstracción, tampoco su actividad es perezosa ni ociosa. El pensamiento humano, para empezar a destacarse del nivel rasante y mecánico y lograr la categoría de pensamiento filosófico, requiere un despliegue de méritos de la razón incompatibles del todo con la informalidad neta del vago.

Y no digo con ello que, a través de un escogido método y ejerciendo con rigor una disciplina, no sólo noble en la intención y en la intensidad del esfuerzo intelectual, sino principalmente en la elevación y transcendencia del fin, que es la búsqueda de la verdad de las cosas apelando a las causas últimas y fundamentales, no pudiera llegarse a la conclusión de que la pereza tiene una vertiente de abandono y relajación que son propicios, como campo abonado para el ejercicio del pensamiento especulativo.

Pero tampoco la metafísica, la lógica o la ética nos conducen a la pereza como fruto intelectual, ni ésta a aquéllas como camino ni como actitud o disposición del ánimo hacia las alturas. La pereza, obvio es, aspira a menos, se contenta con un vuelo más alicorto que el de la filosofía, esto no hace falta ni argumentarlo. Se mueve por derroteros más livianos, menos angustiosos, es inconstante y asistemática, no se sujeta a disciplina alguna y se puede interrumpir y retomar a placer. Nada, pues, pese a lo que pudiera pensar un lector desatento, de semejanza entre la indolencia ociosa y el meritorio trabajo del filósofo, sufriente y agónico.

Me vienen ahora dos bromas relacionadas con la pereza que no me resigno a ocultar: la primera, que la ociosidad es la madre de la vida padre, expresión aparentemente estúpida e inane pero que, pese a su sencillez o gracias a ella, encierra una gran verdad y sirve eficazmente al propósito de explicar, al menos en parte, la idea que deseo transmitir; el segundo aforismo es aquél de que la ociosidad es la madre de todos los vicios; y como madre, hay que respetarla. Una y otra me parecen frases lapidarias que sintetizan la desdramatización de la pereza como vicio, como lacra social.

Sólo la corrupción moral de una sociedad que ha iniciado un lento pero imparable camino hacia su propia destrucción permite considerar la vagancia como un mal, la holganza como un vicio y al gandul como un personaje antisocial y réprobo.

Nada más alejado de lo que debería ser. Reivindico decididamente un mundo que trabajara la mitad y descansara la otra mitad. Que disfrutara al máximo de esos hechos insólitos que nos proporcionan placer únicamente cuando los advertimos, como es privilegio de los vagos: la dorada luz de la tarde, la brisa primaveral en el rostro, la lluvia sobre la tierra seca, el arco iris, las hojas amarillas de un libro viejo, la contemplación del vuelo de una mosca…

Por eso me molesta tanto esa expresión manida, hipócrita y falsamente intelectual del ocio creador. Sólo por proponerlo, el inventor de esa cretina síntesis debería ser inmediatamente pasaportado a una inhóspita estepa siberiana, provisto de pinceles, óleos y lienzos, para que diera rienda suelta a su propia concepción acerca del ocio creador, sin trabas ni escollos.

El ocio creador se caracteriza por ser una obligación más, irritante y penosa como tal y poco propicia para la creación intelectual y artística. El ocio creador, en definitiva, no es ocio ni creador. Sólo hay dos maneras de afrontar la ejecución de una obra de arte y no estoy seguro de que la segunda sea más moral y más valiosa que la primera: por encargo y por espíritu.

El dinero vil ha proporcionado al mundo las más extraordinarias obras de arte: las grandiosas catedrales góticas, las más perfectas esculturas, las increíbles sinfonías y cantatas, las pinturas más excelsas. Por dinero trabajaron Miguel Angel, Beethoven, Velázquez y los anónimos arquitectos medievales. Otro día hablaremos del dinero y de su desprestigio social. Basta ahora recordar que la obra de arte ejecutada bajo precio no va, en absoluto, a la zaga de la inspirada por no sé qué admirables musas.

La obra nacida del imperativo espiritual es casi lo contrario al ocio. El gozo sólo se vislumbra al término de la ejecución, no antes, como en un parto inseguro, doloroso y tenso. El artista no descansa, no se evade, no vive casi hasta que la obra está conclusa. No hay relajación y placer en la actividad artística, sino disciplina, trabajo y, a menudo, decepción.

Podría seguir enumerando las incontables ventajas de la pereza como remedio social y denigrando correlativamente a sus imprudentes detractores, podría reivindicar un uso armónico y natural del tiempo libre y un disfrute de la vida basado en la idea de no tomar como carga las cosas que inevitablemente nos suceden: la rutina del trabajo y la rutina del descanso. Podría, en suma, recomendar la lectura de un clásico: «Humor honesto y vago» de Josep Pla, compendio magistral de cuanto digo.

Podría, a la postre, construir un panegírico de la quietud, de la desidia, del relajo, de la holganza y de los brazos caídos pero, la verdad sea dicha, me da mucha pereza. Con sinceridad, ahora estoy empezando a pensar en las musarañas…