En una playa llamada Europa

Autor: Tácito//


La en apariencia inacabable crisis económica y social que vivimos es, además de una fuente de malestar continuo para los ciudadanos, una excelente oportunidad para reflexionar sobre los mimbres con los que está construida nuestra sociedad, sobre su funcionamiento y su futuro. Para ello, es conveniente abstraerse de la zozobra cotidiana y tratar de identificar los patrones a largo plazo.

En retrospectiva, parece razonable atribuir buena parte del crecimiento económico vivido en la década previa a la crisis a dos factores, uno exógeno y otro endógeno. El exógeno fue la gran ola de liquidez financiera originada por los bajos tipos de interés y el excedente de ahorro de Europa del Norte. El endógeno está ligado al «bono demográfico», concepto que alude a la aceleración económica producida en una sociedad en la que se incrementa la proporción de personas económicamente activas cuando un gran número de jóvenes llegan al mercado laboral después de un proceso de crecimiento rápido en el número de nacimientos.

Este proceso crea un gran círculo virtuoso económicamente, ya que aumenta el potencial de la economía a causa de la disponibilidad de más trabajadores y el mayor consumo e inversión que requieren las personas más jóvenes para proveerse de una serie de bienes en su proceso de maduración y creación de nuevas familias. Además, se produce un menor gasto social relativo ya que hay menos jóvenes por debajo de la edad laboral y pensionistas sobre un mayor número de trabajadores, de modo que los ingresos fiscales son artificialmente altos y los gastos bajos durante un periodo relativamente largo, pero finito.

Sin embargo, estas olas, como las que se dan en el mar que requieren de un viento continuo, necesitan unas ciertas condiciones físicas para producirse. Esta física es la de un incremento momentáneo de la natalidad en un periodo relativamente corto, seguido de un descenso posterior. Fenómeno que se dio con precisión casi matemática en la España de postguerra, cuando la generación de aquella época alumbró a las cohortes de población más grandes de la historia del país entre los años 70 y 80 aproximadamente. Generación que llegó a la madurez económica, ustedes lo han adivinado, entre el 1995 y el 2005 y necesitaba casas, coches, televisiones y ocio en una cantidad desconocida hasta entonces en España; apoyada por la rápida entrada de inmigrantes en edad de trabajar, fue la verdadera gran fuente de la prosperidad española desde el proceso de incorporación al euro hasta la crisis iniciada en 2008.

Fue, por lo tanto, la combinación de los factores externos y, sobre todo, interno lo que hizo que el soufflé económico se elevase a niveles muy por encima de lo saludable, creando la consabida burbuja y posterior estallido. Era, pura y llanamente, una ola imparable de desarrollo.

El problema de las olas es que producen un proceso contrario de arrastre en dirección contraria, la resaca. En este caso, el efecto de mortal arrastre hacia el interior consiste en que, una vez superada la ola responsable del bono demográfico, queda un grupo relativamente disminuido de personas jóvenes para sostener una sociedad donde el grueso de los ciudadanos está, o se acerca inexorablemente, a la jubilación y disminuye su consumo. Este proceso produce un círculo vicioso de menor crecimiento económico. A excepción de las guerras o de los grandes movimientos migratorios provocados por desastres naturales, la demografía puede considerarse una de las ciencias sociales más precisas en el corto y medio plazo, dados los largos periodos de maduración de la población y lo estable de las tasas de fecundidad y mortandad.

Respecto a las consecuencias económicas la certidumbre que podemos tener sobre el declive futuro es constatable con un ejemplo palmario a este respecto, el de Japón. Allí, la crisis económica de los ’80 coincidió con un enorme crecimiento en la población activa y la (continuada) crisis posterior con los efectos de la burbuja previa se está viendo exacerbada por el envejecimiento continuo de la población, a pesar de las incontables operaciones de rescate económico ensayadas con resultados temporales limitados, probablemente abenomics incluida. La política china de un hijo es muy probable que tenga efectos similares a muy largo plazo.

Bajo este nuevo prisma demográfico y económico, podemos afirmar que la ola de la demografía nos dio un crecimiento extraordinario, por irrepetible, y que ha sido la balsa que ha transportado al «náufrago España», un país empobrecido tras la pérdida de las colonias y depauperado después de la Guerra Civil, a esa playa llamada Europa de la Unión y del euro a la que hemos arribado.

Lo primero es, por lo tanto, congratularse por no habernos ahogado en las múltiples tormentas vividas. Desde entonces, aparte de sacarnos el agua de los pulmones para evitar el ahogamiento (quiebra o intervención económica al estilo de la vivida por Grecia y Portugal) y poner la ropa a secar (reformas financiera y comienzo de la laboral) poco más se ha hecho para quitarnos la tiritera, ya que los incrementos en la presión fiscal y del gasto público (crece respecto a los ingresos mientras aumenta el déficit público) nos tienen calados hasta los huesos. Y es donde nos encontramos ahora.

El problema es que para dirigirnos hacia un futuro mejor, en opinión de este articulista, contamos con una casta político-económica que solo ha sido capaz, a fin de cuentas, de tener el reflejo de no ahogar el país para no ahogarse ella misma. No solo este gobierno sino todo el complejo político-corporativo (nuestra versión meridional del denominado complejo industrial-militar que se creó en ambos bloques durante la Guerra Fría), esa clase extractiva como se la ha denominado en otras ocasiones, sigue teniendo un férreo control de todos los resortes que pudieran alterar nuestro futuro. Es evidente que todos los gobiernos desde la Transición, han estado compuestos en su gran mayoría por empleados públicos en excedencia y paniaguados de los partidos políticos con amplios bulevares de ida y vuelta a poltronas de las mayores empresas de servicios públicos de naturaleza monopolística (telefonía, energía, banca, etc.) del país.

Esta clase extractiva es capaz de cualquier daño ajeno con tal de impedir la más mínima reducción de sus privilegios. El problema de fondo es que el sistema de partidos creado en la Transición se ha convertido en un monstruo incapaz de adaptarse o menguar en favor de sus gobernados. Como infaustamente declaró hace no mucho un alto cargo de uno de los partidos mayoritarios, «en nuestro partido somos igual de honrados que en el resto». «O sea, nada» le faltó decir, pero el lapsus linguae fue más que obvio. Se le agradece, por otra parte, la indeseada sinceridad.

Descartada la evolución dentro del sistema por la clase dirigente actual, la posibilidad de una movilización social que obligue a la redefinición del Estado y ataque de forma franca, renovada y creativa los problemas de orden político y económico resulta igualmente remota, estando la ciudadanía sumida en ese nuevo opio del pueblo, aunque maltrecho, que es la Seguridad Social (recuérdese la manera de ahogar a una rana en un cazo). No es que el sistema de la Seguridad Social sea malo, al contrario: el problema es que al proteger tanto el orden social, dificulta vislumbrar su insostenibilidad cuando está en peligro. Por lo tanto, debemos aceptar como más probable la hipótesis del mantenimiento del status quo actual, esto es, el del imperio de la corrupción, el amiguismo y la mediocridad, excepto honradas excepciones.

Dicen que cuanto no hay salidas, la única solución es continuar hasta el fondo. Deberíamos, por lo tanto, para ser coherentes con nuestro estado de debilidad actual, hacernos declarar incapaces para regir nuestro destino de forma independiente (cosa que ya sucede debido a «MoU»s, troikas y hombre de negro). Para proteger el bienestar presente y futuro de cualquier incapacitado de regir su destino, se nombra a un tutor legal, que en nuestro caso debe ser la Unión Europea. El término legal se refiere literalmente a la necesidad de que sea Europa la que nos dé la legislación, que somos incapaces de modificar siquiera mínimamente a favor de los ciudadanos de forma autónoma. Parafraseando a Miguel de Unamuno, la circunstancia actual obliga a transformar el «que inventen ellos» en «que gobiernen ellos».

Solo una mayor cesión de soberanía a Europa será capaz de poner barreras a nuestras enormes debilidades internas. Me gustaría mencionar dos grandes «match balls» recientes que hemos vivido en España en los últimos años y creo paradigmáticos. El primero fue el día en que las grandes cancillerías europeas zarandearon a un Zapatero paralizado ante los ojos de la serpiente de la crisis, obligándole a reaccionar y detener la sangría de de gasto que a punto estuvo de llevarnos a la quiebra. El segundo está siendo la firmeza de las instituciones europeas ante el desafío independentista catalán, que aparece como único freno capaz de detener la espiral de autoinmolación independentista de la Generalitat y de un sector de la ciudadanía catalana. Sin la dosis de realidad aportada por la Unión, explicando bien a las claras que una Cataluña independiente sería un paria aislado, no parece que hubiese sido posible poner freno a la bola de nieve puesta en marcha por Artur Mas et alii.

Creo firmemente que es una obligación moral, como rescatados que hemos sido del mar de la globalización, apoyar la consolidación política europea, asegurando la creación y fortalecimiento de instituciones más poderosas y justas, que serán además fuente de la nuestro futuro bienestar nacional y natural contrapoder de nuestros históricos demonios internos.

Después de quedar prácticamente desarbolados en las postrimerías de 1898, de casi embarrancar durante la Guerra Civil y de abrir una enorme vía de agua durante la actual crisis, dentro de unos años, más sereno, el náufrago llamado España quizás descubra que la cesión de una parte significativa de su soberanía no es un precio tan alto por permanecer con los pies anclados en tierra firme, aunque sea la de esa imperfecta playa llamada Europa.